lunes, 17 de enero de 2011

ARTÍCULOS DE COSTUMBRES


UN LLANERO EN LA CAPITAL (1849)

¡PUM, PUM,PUM; jiá, jiá, jiá!

--¡Muchacho, mira quien toca!

--¡Ahiá, ahiá, ahiá!; ¿dónde están los blancos de aquí? ¿No hay quien choque al tranquero? ¡Ahí, ahí, ahí!.

--¡Va!

--Ya tumbo la palisá, ¡huó. Huó, huó!

--Pase usted adelante; ¿qué se le ofrece a usted?

--No bibe aquí el Dotor?

--Sí, señor; ¡pase usted adelante!

--Pero ¿por dónde choco? ¡Caramba! Mire usted que no quiero perderme más.

--Por aquí, por aquí… Siga usted…, ¡entre!

--Oh, mi Dotor, Dios me lo guar… ¡Candela! ¿tuavía está usted durmiendo cuando ya es hora de sestiar? ¡Arriba, arriba!

--¡Hola! ¿Palmarote por aquí? ¿Cuándo ha llegado usted?

--¡Cañafístola!. Que tris no doi con su comedero.

Dende que apuntó el lusero, lo ando sabaniando por estos pedregullales, y aquí caigo, ¡ay! levanto; acá me arrempujan, ayá me estrujan; y por onde quiera el frío, y la gente y la buya; y los malojeros juio, juio, juio; y las carretas rruuu. ¡Caramba! ¿Cómo diablos pueen ustedes bibir y entenderse en esta grisapa?

Así se anunció en mi casa, no ha muchas mañanas, el personaje que voy a presentar a mis lectores. No será necesario decir que era un llanero, tipo tan conocido en esta capital, que las pinceladas precedentes bastarían a bosquejarlo; tipo original e interesante al propio tiempo; tipo, en fin, que difiere esencialmente de los demás caracteres provinciales de aquesta nuestra pobre República.

Serían las ocho de la mañana todo lo más, y yo dormía aún, o, con más propiedad, yacía aún en el lecho en ese estado de parálisis que suspende el uso de nuestras facultades físicas y morales. Grata y deliciosa parálisis, en que ni se duerme, ni se está despierto; en que los objetos se ven como al través de un prisma y los sonidos se oyen como a una gran distancia; parálisis, de una vez, que quisiéramos prolongar indefinidamente y de la que nos arrancamos por un esfuerzo de decidida voluntad.

Bien se me alcanza, desde luego, que el escritor que así describe esta situación se compromete a algo, porque parece que se declara abogado de la pereza, echándose a cuestas, por añadidura, una grave responsabilidad higiénica. Empero, yo protesto que no es mi ánimo comprometerme a nada. En la inconsciencia e inestabilidad de mi carácter, hoy aplaudo lo que tal vez mañana censure; ahora saboreo las delicias de la cama, acaso más tarde escriba una filípida contra los dormilones…

Palmarote acababa de llegar a esta melancólica capital, adonde se había encaminado, no por capricho, ciertamente, sino a consecuencias de no sé qué pecado cometido en junio último en la provincia de Guárico: y no menos quería sino que yo le enderezase a esas notabilidades del poder o del favor. ¡Yo precisamente, que no sé dónde paran las unas ni las otras! Pero, paciencia, me dije, que ésta es una de las ventajas del tener paisanos, y después de rebullirme y desperezarme lentamente, salté al fin de aquel lecho, sepulcro de mis gratos o desagradables ensueños.

En tanto que Palmarote lo registraba todo con ávida curiosidad, en tanto que comentaba las láminas de algunos libros y examinaba atentamente los muebles, tocándolo todo con sus manos, como para salir de algún error o mejor fijar una idea, en tanto, digo, hacía yo mi TOILETTE, que, de paso sea dicho, ni es tan esmerada como la de un pisaverde, ni tan descuidada como la de un avaro. Y a propósito, el vestido de Palmarote no dejaba de interesar por su originalidad. Corto el calzón y estrecho, terminando a media pierna por las piececillas colgantes que remedan, aunque no muy fielmente, las uñas del pavo, de donde toma su nombre; la camisa curiosamente rizada, no abrochado el cuello, ajustada al cinto por una banda tricolor, como el pabellón nacional, y cuyas faldas volaban libremente por de fuera; un rosario alrededor del cuello del GUARDACAMISA ostentaba sus grandes cuentas de oro; desnudo el pie, y la cabeza, metida, por decirlo así, entre un pañuelo de enormes listas rojas, soportaba un sombrero de castor de anchas alas.

Mirábame el llanero, no sin curiosidad, pasar de una función a otra de TOILETTE y me abrumaba con repetidas preguntas.

--Y ese palito, Dotor, ¿qué significa?

--Es la escobilla de dientes, Palmarote: sirve para el aseo de la dentadura.

--De moo que el que no tiene dientes… ¡probe mi bale Alifonso!, ¡se quedó sin el palito! ¿Y ese otro artificio, Dotor?

--Esa es una relojera: ahí se pone el reloj cuando no lo lleva el individuo.

--¿Y la cabuyita negra?

--Es el cordón del reloj. ¡Mire usted un curioso tejido de cabellos de mujer! ¡Y se lleva así, mire usted!.

--¡Ja, ja, ja!, Dotor, eso es cargar la soga en el pescuezo. ¡Caramba!, que ya las mujeres enlasan con su mesma serda. Pues ahora, mi Dotor, tiene usted que cabrestiar hasta el botalón o tirar para atrás y reventar la soga. Pero ¡qué malo es este espejo!

--Al contrario, Palmarote, tiene muy buena luz.

--Pues, ¿cómo me beo yo tan feo? ¡Jesú, qué espantamío!

--Porque ese espejo refleja fielmente las imágenes, amigo mío.

--¡Candela!, pues cuando mi samba se mira en estos ojitos, dice que ya tiene sueño. ¿Y estos cueritos, Dotor, pata qué son buenos?

--Esos son guantes, Palmarote: se llevan en las manos de este modo, ¡mire usted!.

--¡Caramba!, ¿cuántos aperos! ¿Sabe lo que se me ocurre, Dotor? Si todo lo que ustedes emplean en tantos cachivaches, lo hubieran empleado en nobiyas de primer parto, ¿cuántos becerros no jerrarían en este berano?

--Pero es menester, Palmarote, no ver la vida de sociedad sólo por el lado de las invasiones que ella hace al bolsillo, sino también por el de los goces que da en cambio.

--¡Oh!, mucho que se gosa aquí con el frío y con las piedras y con la buya y dos riales y los marchantes con sus tiendas y los nobiyos a rial y medio y uno tan corto y… Dotor, ¿usted necesita esta pistolita?, ¡qué bonita!.

--No dejo de usarla algunas veces, Palmarote; pero eso no es un inconveniente para que yo tenga el gusto de ofrecerla a usted: ¡tómela, usted!

--Dios le yebe al sielo, mi Dotor, aunque creo que ayá no dentran los papeleros.

Aquí interrumpí yo la serie de preguntas de mi paisano para ponerme a su disposición, estando ya en aptitud de salir de casa. Mis servicios, le dije, se limitarán a dar a usted la dirección de esos señores, de quienes anda usted tan solícito. Sin contestarme una palabra, sacó de su bolsillo un envoltorio de hojas de tabaco (del detestable que se produce en el país), mordió una dosis más que mediana que masticaba con entusiasmo, luego me ofreció para que yo mordiera a continuación, lo rehusé desde luego, me protestó que su oferta era sincera, le probé que mi negativa lo era también…

…La humedad de la atmósfera helaba las extremidades del cuerpo, por lo cual tomamos la acera azotada entonces por el sol. Palmarote abría unos ojos llenos de avidez y de curiosidad. Estamos en la calle del Comercio, le dije.

--¡Mire usted, Dotor!, con razón yaman a esta suidá la empoya de las letras: ¡mire cuántos letreros!

--El emporio de las letras, querrá usted decir.

--Lo mismo bale, Dotor, que yo no soi plumario. ¡Cuántos letreros!, uno, dos, tres… ¡Caramba!, cada casa tiene el suyo. ¡Deletréeme aquél!

--“Pastelería nacional”.

--Eso si es berdá Dotor: en cuanto a pasteleros aquí no reconocemos padrote, y para descubrir el pastel, también estamos solitos. ¡Lea aquel otro, aquel del pabo!

--“Pavos y pichones pata los parroquianos vivos y asados”.

--¡Jesú, y que lástima les tengo a los parroquianos bibos!, porque al fin ya los asados pasaron por la candela. ¿El de más ayá, Dotor!

--Códigos nacionales para instrucción de los empleados que se venden a precios cómodos”.

--¡Gran consuelo es ése para los probes, mi Dotor! Mire aquel otro; pero apártese que lo tumba ese burro. (Vuelta burro, juío, juío, juío)

--“Aquí se amuela casi de balde”.

--¡Caramba!, ya lo creo; pero vuélvase a apartar, Dotor, ¡mire esa carreta! (¡Ese buei palomo, choooó! Marchantes +, ¿compran carbones?) ¡Ah, lusero!, mire, Dotor, aqueya ojos negros, pelo negro… ésa. ¡Candela y qué buena pata debe tener! ¡Mire cómo pisa en la piedra, ni se trompieza, ni pierde el golpe! Tiene toas las condiciones.

--¡Sepamos. Palmarote, cuáles son esas condiciones!.

--Ancas, pecho, siete cuartas, suave de boca, y güen movimiento. ¿No correrá con la silla, Dotor?.

--Pero entendámonos, Palmarote, ¿habla usted de mujeres o de caballos?

--Pue entonce léame aquel otro letrero, que ya beo que no nos vamos a entender. Y apártese que ahí ba una carreta con basura. ¿Pa onde yeban esa basura, Dotor?.

--Para aquel basurero que ve usted allí.

--¡Cómo!. ¿en la capital de Berensuela hai un basurero entre la suidá?

--Uno no más, no Palmarote; todavía hay algunos otros…

…..

--Vamos Palmarote, continuemos y tomaremos ahora la calle del Sol.

…..

--Estamos pues, ya en la calle del Sol, Palmarote.

--¿En la caye del Sol, Dotor? ¿Acaso el sol sabanea más por esta caye que por las otras?.

--Tienes razón; este es un nombre de capricho; pero esto viene de la necesidad de nombrar las calles, bien que algunas tengan un nombre alusivo o histórico. En los pueblos de las llanuras no se conoce esta necesidad, ni tampoco la de numerar las casas, porque allí las poblaciones son reducidas, las calles pequeñas, las casas más distantes puede decirse que están vecinas y los individuos todos se conocen entre sí. No sucede así en las grandes ciudades atravesadas por muchas y extensas calles, con casas varias y en número infinito y con una población considerable, enriquecida casi siempre con gran número de extranjeros.

--Sí ya comprendo la necesidá de jerrar las casas así como sucede con el ganao, que habiéndose aumentao tanto, ha sido menestre pegarle un jierro. Y diga usted, Dotor, ¿algunas casas orejanas que he visto aquí, no podría el vecino quemarlas con su juerro?

--Eso sería un robo, Palmarote, como lo sería el hecho de apropiarse el individuo un Orejano que no está en sus sabanas. Esas casas no están numeradas por descuido.

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En esta sazón y coyuntura atravesábamos mi paisano y yo la plazoleta de San Francisco:

--Y ese edificio que ve usted a su izquierda es lo que fuera un tiempo el convento de frailes franciscanos, destinado hoy a las sesiones de las Asambleas Legislativas. ¡Acerquémonos!

--y diga usted, Dotor, ¿aonde se ha dío ese flaires?

--A la eternidad, Palmarote. Después de la extinción de los conventos todos han muerto ya.

--Serían traviesos los tales flaires, Dotor, porque yo sé unas historias de sus paternidaes… ¿Y dice usted que aquí biben ahora esas señoras Asambleas?

--Decía yo, Palmarote, que en ese local se hacen nuestras leyes.

¡Caramba, Dotor! ¿Y pa una cosa tan pequeña, un caserón tan grande? Pues andarán ellas toas regás quini frutas de maraca.

--Continuaremos, si le place, Palmarote, y volviendo esta esquina, ganaremos la calle de las Leyes Patrias: ¡Mire usted ese paredón, que arrancando desde aquel edificio que ve usted allí, recorre roda la manzana! Todo eso es el convento de Reverendas Macres Concepciones.

--¡Hum, malo, malo! ¿Tan cerca de los flaires esas madres? ¿Y no es pecao que las monjas sean madres, Dotor?.

--No Palmarote, es un título que se da a las religiosas, quienes renunciando al mundo y abrazando una religión de las aprobadas, se dice que son esposas de Jesucristo, nuestro Padre, así como a los clérigos se les llama padres, considerados como esposos fieles de la Iglesia, nuestra madre.

…..

--Ese edificio que está al frente, Palmarote, es el Seminario Tridentino, el establecimiento más útil y más célebre de nuestro país. Ahí se enseñan las ciencias más importantes al hombre…

--Hablemos claro, Dotor: ¡aquí se conseña a papelero; aquí es que se apriende a Dotor; pero ya naidie quiere aprender a cura, no señor! Papeles ban y papeles vienen; pero naidie dice “dominos bobisco”. Cuando saben hacer cuatro gasetas, se cren ya unos hombresitos; pero coja usted un Dotor y póngale una soga en la mano, pa que lo bea too regao en siya. Ni sabe apiársele a un toro, ni arriar una madrina, ni trochar una potranca, ni pasar su siya, ni maldita la cosa. ¡Y esto es sencia! No, señor; gasetas ban y gasetas vienen; Dotores por aquí y Dotores por ayí; y i el toro se tumba, ni se jierra el becerro, ni se arrea la madrina, ni se trocha la potranca y se moja la siya. ¡Ytóo no es sencia!

--¡Qué disparates, Palmarote! ¿Qué sería de la sociedad si todos fuéramos arreadores de madrinas, como dice usted? Los cultivadores de las ciencias, como los industriales, como los que ejercen los oficios, etc., todos, todos prestan un gran servicio a la sociedad, auxiliándose recíprocamente, y es necesario que todos desempeñen funciones distintas…

-Pare, pare, Dotor, que ya beo que U. también es papelero, y dígame: ese jumo blanco que se be ayí arriba del serro ¿qué significa? Por que, jumo no pue ser, porque ¡hombre! ¡Quien ba a estar asando tanta carne ayí a estas horas? Polbo tanpoco, porque ¡candela! ¡qué bestiaa puee estarse barajustando ayá arriba? Yo digo que eso debe ser el puro frío.(1)

-Esos son los vapores que exhala la tierra, Palmarote, que no pudiendo ascender más por su peso, ni descender por ser más ligeros que las capas inferiores del aire, se quedan en esas regiones atmosféricas.

-Apártese, Dotor, que aquí biene uno a cabayo. ¡Gua! el mocho es de la cría padronera: béale el jierro en este ganso! Mire, Dotor: yo tengo un mocho rusio, grande, buen moso, y con unas ancas, que se puee escribir una carta, y tan baquero, que la ilasion es que el toro se mené, cuando ¡sas! ya me yeba a la buelta del cacho; ¡mocho de responsabilidá! ¿No le gustan a U. los mochos, Dotor?

-Oh! Mucho, muchísimo me desvivo por un MOCHO.

Al llegar aquí nuestro diálogo, tiempo había ya que nos encontrábamos parados en la esquina que forman al cortarse las calles de las Leyes Patrias y de las Ciencias.

-Mire U., dije a mi protegido, señalando hacia el Oriente, aquella plaza que ve U. allí, es la de San Jacinto.

Al oír esta palabra Palmarote hizo un movimiento convulsivo, semejante a esos sacudimientos galvánicos, y palideció.

-Caramba! dijo después de un momento de silencio, si yo juera desos jasedores de leyes, la primera lei que sacaba del morde, sera: "que se conpusieran las cárseles y se les añadieran algunas piesas más", porque, Dotor, puee ofreserse pará un rodeo ayí y no hai sabana; bien es que en un barajuste de ganao hai nobiyo biejo que ba a tené al improsulto.

Palmarote calló, su frente se puso un tanto sombría, un profundo suspiro salió de lo íntimo de su corazón y una preñada lágrima rodaba lentamente por la mejilla de aquel rostro tostado por el sol y arrugado por las fatigas de una vida rudamente laboriosa. A pesar mío interrumpí aquella situación interesante e hice seña al paisano de continuar nuestra carrera. De allí á poco nos encontramos al frente del palacio de Gobierno. La entrada estaba sellada de gente. Volvíme hacia Palmarote y le dije:

-Está cumplida mi oferta, amigo mío: está U. en el palacio de Gobierno, y aquí tocará U., como Dios lo ayude, con las personas cuyo favor solicita.

-Y diga U., Dotor, detrás de ese serro no haberá algun yano?
-Sí, Palmarote: detrás de ese cerro está el horizonte. Adiós!


Daniel Mendoza

(1823-1867)


LAS TRES ARISTOCRACIAS (1896)

Es cosa convenida que hay tres aristocracias:
-La de la sangre, la del talento y la del dinero.
Pero antes de entrar en otras consideraciones que me ocurren, veamos qué es aristocracia
.
-Es un motivo, casual casi siempre, para que un hombre se considere superior a los demás. Mas claro: es un título para ser vanidoso.
Y ahora pregunto yo: ¿han puesto algo de su parte esos caballeros de cuello de latón para nacer de padres distinguidos?
¿No podrían ser hijos del cochero de la casa, lo mismo que de su papá?
Y entonces ¿por qué miran con menosprecio a los hijos del cochero.
Nacer noble, no cuesta ningún trabajo; lo que cuesta trabajo es ennoblecerse.
Y
usted, sapientísimo señor, ¿por qué se echa tanto para atrás, y lleva siempre en los labios una sonrisa despreciativa para todos los que no hacen versos o discursos, aunque muchos pueden hacerlos superiores a los de usted?.
¿Ha hecho usted algún esfuerzo para tener talento?.
¿Sabe
usted siquiera agradecer a Dios el don que le ha concedido?
¿
No sabe usted que el mérito se rebaja con la soberbia?
Y usted, señor millonario, que encontró labrada, por su padre o por otro, la fortuna que derrocha, ¿de qué se envanece usted?
¿Tiene usted siquiera la satisfacción de haberla ganado trabajando lentamente?
Pues entonces, ¿por qué mira usted con tanto desdén a los que no tuvieron pa­dres trabajadores, económicos, afortunados, o siquiera ladrones, que les dejaron grandes caudales?

***


Sea
como fuere; admitamos que hay tres aristocracias, y veamos cuál de ellas tiene mejor fundamento.

Estamos de acuerdo en que la sangre humana no es igual, y en que hay gentes, como hay caballos, de pur sang.

Pero es preciso también convenir en que la sangre pura no sirve para nada si no esta acompañada de bellas cualidades que correspondan a la estirpe.

Por más enrazado que sea un caballo, si no sirve para correr en el hipódromo, va a arrastrar una carreta.

Así mismo sucede con la especie humanal.

Un hombre de sangre pura, si no tiene cualidades correspondientes a su categoría, vale menos que cualquier plebeyo.

Figuraos un noble estúpido y pobre, (que no sería un caso singular)
¿Puede haber algo más triste?

La nobleza entre esas dos desgracias es un ludibrio más vecino a la ignominia que un noble arruinado.

¡No es posible calcular hasta donde es capaz de humillarse, por rescatar sus pergaminos de la polilla de la miseria!


Consecuencia.

La aristocracia de la sangre no vale nada, sino está apoyada por el dinero

***

Pasemos ahora a la aristocracia del talento.

El talento necesita guantes y cuello limpios para ser admitido en el estrado social.
La sociedad, acaso injustamente, no reconoce talento en quien no ha podido proporcionarse con él una situación, aunque sea mediana.

Luego: la aristocracia del talento necesita el barniz del oro para ser reconocida y atacada. .
El talento en la miseria, no es blasón sino suplicio.

¡Sentirse más alto que los demás, y tener que andar a rastras para alcanzar un pedazo de pan, debe ser el mayor de los tormentos!

¡Homero! ¡Milton! ¡Camoens! apelo a vuestro testimonio.


***

Pongamos ahora en tela de juicio la aristocracia del dinero.

La sociedad, tal como está constituida, ha sintetizado en cuatro palabras el espíritu de la época.

TANTO VALES, CUANTO TIENES


Fórmula espantosa, pero positiva.

Los ricos no necesitan ser sabios: ellos tienen con qué comprar la sabiduría ajena cuando la han menester.

El talento se presupone en quien ha sabido heredar, acumular, conservar o robarse impunemente una fortuna.

La sangre pura, la nobleza, que es la supremacía en la sociedad, se concede forzosamente a todo el que puede brillar en ella y derramar esplendor y champaña en sus salones.
De todo lo dicho resulta: que la verdadera aristocracia es la del dinero, porque:
La aristocracia del nacimiento necesita estar apoyada en el dinero.

La aristocracia del talento necesita el auxilio del dinero.

Mientras que la aristocracia del dinero no necesita sangre pura, ni talento claro.
¡Y después se admiran algunos del afán que tienen los hombres por enriquecerse!
El trabajo constante y las proezas heroicas, así como en los crímenes, las injusticias, las deslealtades, las bajezas y todo lo que se hace por adquirir fortuna, es la consecuencia forzosa del espíritu de la época.

***

Para mí las aristocracias no son tres, sino cuatro.

La más grande es la cuarta, porque prevalece de las otras.

-¡La aristocracia del Poder!

Es la que está consagrada desde el principio del mundo, en todos los pueblos de la tierra, y la que perdurará hasta el fin de los tiempos.

La aristocracia del poder, hereditaria en las monarquías, alternativa en las democracias, no dejará de existir jamás, porque los hombres que gobiernan, sea por consentimiento forzoso o por voluntad de los pueblos, representan la dignidad nacional y tienen que ser acatados.
Esta aristocracia es más afectiva y menos hiriente que las otras, porque es impersonal.
Los gobernantes no tienen nombre: se llaman autoridad, y pesan por igual sobre todas las clases sociales.


La autoridad, amada y bendecida, cuando es benéfica, o execrada, cuando es maléfica, siempre inspira respeto, y se ve más alta que el nivel común.


No he querido hacer otra nobleza de la virtud, porque ella es el timbre de toda aristocracia legítima.

Sin virtud no hay nobleza.


Concluiré este sencillo estudio, recordando a los que han alcanzado el favor de Dios para elevarse sobre los demás en cualquiera línea, aquellas palabras del Evangelio:
Los humildes serán ensalzados.

Los soberbios serán abatidos.



Francisco de Sales Pérez
(1836-1926)


EL MERCADO

(Cuadros Caraqueños)

LOS JÓVENES no comprenden el celo respetuoso que los viejos tienen por las cosas que han vivido mucho; y como se trate de monumentos ennoblecidos por el moho y la roña de los tiempos, nada hay que les regocije tanto como verlos demoler; cuando no sea sino por un resto de maligno instinto de destrucción que es connatural con la niñez y que ésta trasiega en la juventud. ¿Qué se les daba, por tanto, a los mocetones de entonces, el que cien obreros, armados de piquetas se ensañasen contra la vetusta y maciza arcada de mampostería que circundaba o enclaustraba la hermosa plaza de la Catedral, desde que lo fue de armas bajo el marcial poder de la colonia española? ¿Pensaban, por ventura, que de aquellas ruinas había de surgir la nueva Plaza Bolívar, hermosa y espléndida como un pedacito de París; con sus pintorescos jardines y gratos paseos, sus ceibas corpulentas, sus sombrosas cepas de bambúes, sus claras fuentes, sus ricos candelabros, su elegante verja, a la que hacen paralelas las cuatro calzadas circunscritas por hileras de copados y garridos caobos; y en medio de ese conjunto de flores, follaje, agua y luz, la efigie del Padre de la Patria sobre descollante pedestal, encabritado el caballo, como si oyese el vitoreo de cinco pueblos redimidos a los cuales parece saludar el héroe Libertador? Todo eso podía estar en la cabeza y en los planos de los ingenieros, mas no en el magín de los que allí iban tan sólo porque tocaban a tumbar, encantándoles el ver a los peones de albañil zapar por sus bases las robustas pilastras, como quien descarna un molar antes de tirarle con las pinzas; luego, ver aplicar el gato a la roída columna, darle vuelta al manubrio del alevoso instrumento, sentir y mirar el resquebrajamiento del arco por la espesa clave; y contemplar, en el colmo de la ansiedad y de la tirantez de4 los nervios, la gradual inclinación de la mole, como un gigante herido de muerte que se desploma, hasta que perdido el centro de gravedad, la pilastra, llevando consigo dos pedazos de los arcos, caía a tierra con sordo estruendo, convertida en un montón de escombros blancos y rojos.

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¿Quién ha dicho que no hubiera podido aprovecharse la vieja estructura, combinándola con las obras nuevas de embellecimiento que el progreso de nuestra culta capital estaba reclamando? Vamos, la cosa no tiene ya remedio. Lo bonito ha sustituido a lo histórico y solemne.

En lo que si estamos todos en un corazón, es en que había de echarse de aquel recinto el mercado de aldea que por tantos años encerró. No era decoroso para la casa de Gobierno ni para la casa de Dios el espectáculo que a sus puertas tenían, de tenduchos innobles. De armatostes de quita y pon, de harapos de lona figurando toldos para las legumbres, de los garzos grasosos para las carnes, de los cajones fementidos para las baratijas, de los toneles embreados para el sucio del continuo manoseo, en que se guardaban por las tardes las patatas que no se habían vendido o que no se habían fermentado; y todo aquel tren de cosas no sanas ni pulcras, a cuyo derredor, cuando había desaparecido la animación del mercado, bullían y zumbaban ejércitos de negras moscas y pléyades de moscardones verdes, en tanto que por dentro de lo citado hervía devorante una dinastía de ratones y otra bichería inmunda que gusta de los agrios fermentos de los vegetales y del maloliente zahorno de las sustancias animales.

Pero convengamos en que por la mañana, a eso de las ocho, que era cuando la plaza estaba en toda su gloria de decoración, de actividad y de bullicio, presentaba un aspecto seductor. Los tenduchos abiertos de par en par, mostraban estantes cuajados de luciente quincallería; los armatostes se veían cubiertos de pañuelos a chillones cuadros, de vistosas elásticas, de sombreros, medias, calzones interiores y otras prendas destinadas a ambos sexos, tras de las cuales se iban los ojos y cuartos a la profecía foránea; colgábanse los garfios con el rojo sangriento de la carne muerta, o con lechoncitos blancos como niños, cuyos dientes de leche apretaban una rosa o un clavel; y a su lado pendían vivos racimos de pollos con la cresta amoratadas y como amenazados de ahogarlos la sangre.

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Empedrada quedaba la plaza con aquellos dones del nativo terruño y perfumado el ambiente con sus vahos, mezclados y combinados de tal suerte, que el olfato, aspirándolos, disfrutaba de algo así como de una sinfonía deleitosa. Desde muy lejos sentía uno el aroma del durazno de Sabaneta y Petaquires. El más oloroso durazno de cuantos produce el costrón de la tierra en toda la redondez del planeta; y a poco que iba uno adelantando en el laberinto del mercado, salían a recibirle el limón con su aliento de azahar, y los nardos, azucenas, claveles, jazmines y romero con su mareante perfume con que retozan las brisas allá en las cumbres de Sanchorquiz, y que crecen al cuidado de rústicas manos en descabalados tiestos y sobre enclenques trojes: a cuya virtud modifícanse y hácense amables los acres efluvios del cebollín, la confortable fragancia de la hierbabuena, y el hostigoso tufo del culantro.

No había allí, como en otros mercados, jerarquías ni separaciones. Todo estaba confundido en la más democrática igualdad, excepto las comidas ya confeccionadas, cuya sección abría la legendaria maritornes Telesfora, monumental como sus gigantescas ollas; maestra, archimaestra en las clásicas especialidades criollas de la olleta y el mondongo, tras cuyo secreto, más precioso que el de la piedra filosofal, corren las cocineras del día sin poder hallarle.

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En seguida tomaban puesto las populares hacedoras de arepa de chicharrón; la más pedestre, pero la más suculenta de las combinaciones indígenas del maíz, puesto que entran en ella, como parte muy principal los achicharrados trozos del carnoso tocino; y allí mismo, como naturales vecinas, las imponderables hallacas, que les dicen tamales en otras regiones de América; especie de paqueticos envueltos en la hoja de banano, dentro de la cual se guarda, cobijado por teñiz de masa, el guiso sin par; sabrosísimo manjar que no conocieron ni cataron los dioses del Olimpo, por lo que no pudieron continuar siendo inmortales, y en suma, tendíase por allí toda una legión de vendedoras de portentos culinarios, de esos que no alcanzamos a apreciar bastante hasta que no dejamos la tierruca amada para venirnos a ajenas playas y vamos sucumbiendo gradualmente a la nostalgia de nuestras ollas.

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La animación de la plaza era de lo más atractivo y pintoresco; prestándose a un prolijo estudio de nuestras costumbres a cualquiera que hubiese puesto ojo observador en los variados tipos que por allí discurrían, oyendo la chismografía de las cocineras y comadres, las discusiones políticas de los tribunos de orilla y movedores de barrio; o ya siguiendo la pista al ilustre seños diputado de Abastos, que de puesto en puesto iba recogiendo en el pañuelo de cuadros, atado por las cuatro puntas y colgando de índice encorvado a manera de garfio, los diezmos y primicias que estaba convenido le pagasen diariamente los pobres industriales que de él habían recibido la merced de cerrar un ojo, y a las veces ambos candiles, al acto de reconocer y calificar la buena o mala condición de los alimentos de sus respectivos tráficos; o bien yéndose detrás de los Procuradores de media cuchara que del propio modo que el diputado Abastos iban haciendo estaciones en los altaritos de carne y otros comestibles, cobrando en sustancias alimenticias atrasados y futuros honorarios a sus clientes; recolecta que luego se llevaba a casa en el colgante y socorrido pañuelo de Madrás.

Estas escenas que acentuaban aquel inmenso cuadro, tenían por acompañamiento arrebatador el bullicio múltiple de cuanta cosa sonante y bullanguera se puede imaginar, sobre todo a eso de las nueve de la mañana, hora en que sin previa deliberación y por mera coincidencia reuníanse en tutti estruendoso, la vocería de la feria, la música del órgano de la Catedral, los tropezones de las carretas en las calles que circunscriben la plaza, el redoble de los tambores y el chillar de las cornetas de la guardia del Principal, situada en el ángulo noroeste del cuadrilátero, y el repique furioso, epiléptico de cien campanas; solemnes y graves las de la Catedral; rajadas y gangosas las del Seminario; armoniosas y entonadas las de las Monjas Concepciones; festivas las de San Mauricio; tercas y regañonas las del Convento de Dominicas, y revientatímpanos, chillonas, impertinentes, incansables, las campanitas de almirez de las Madres Carmelitas. Y no era eso todo, sino que a causa de semejante zalagarda y estrépito, o porque ya el sol calentaba más de lo regular los lacerados lomos de un escuadrón de borricos de ambos sexos, pertenecientes a las verduleras foráneas, puestos a espera, y sin otro alivio que el descargo de sus albardas en un corral vecino a la plaza, se daban a rebuznar en estetóreo concierto, aburridos de la vida ciudadana que por tan mortificante faz se les hacía disfrutar.

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Nicanor Bolet Peraza

(1838- 1906)

1 comentario:

  1. Excelente trabajo, amiga, y muy apropiado para nuestros muchachos de quinto año. Creo que este material es muy valioso, no sólo por lo que representan de nuestras letras venezolanas, sino porque en la web no se consiguen. ¿Felicitaciones¡

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