martes, 14 de diciembre de 2010

Selección de capítulos de Venezuela Heroica de Eduardo Blanco





La idea de esta selección es para facilitar a los estudiantes la lectura de los capítulos donde se narran las batallas más significativas de la guerra de Independencia presentes en la Epopeya Romántica.

No es fácil conseguir este libro tan importante de la literatura venezolana, por ello brindamos estas páginas para su lectura y análisis.

La Victoria

(12 de febrero de 1814)

II

¡He aquí el año terrible! El año de las sangres y de las pruebas en cuyo pórtico aparece escrito por la espada de Boves, el Lasciate ogni speranza para los republicanos de Venezuela.

En torno de aquel feroz caudillo, improvisado por el odio, más que por el fanatismo realista, las hordas diseminadas en la dilatada región de nuestras pampas, invaden, como las tumultuosas olas de mar embravecida, las comarcas hasta entonces vedadas a sus depredaciones.

Mayor número de jinetes jamás se viera reunido en los campos de Venezuela. De cada cepa de yerba parecía haber brotado un hombre y un caballo. De cada bosque, como fieras acosadas por el incendio, surgían legiones armadas, prestas a combatir. Los ríos, los caños, los torrentes que cruzan las llanuras, aparecen erizados de lanzas y arrojan a sus riberas tropel innúmero de escuadrones salvajes, capaces de competir con los antiguos centauros.

Suelta la rienda, hambrientos de botín y venganzas, impetuosos como una ráfaga de tempestad, ocho mil llaneros comandados por Boves hacen temblar la tierra bajo los cascos de sus caballos que galopan veloces hacia el centro del territorio defendido por el Libertador.

Nube de polvo, enrojecida por el reflejo de lejanos incendios, se extiende cual fatídico manto sobre la rica vegetación de nuestros campos. Poblaciones enteras abandonan sus hogares. Desiertas y silenciosas se exhiben las villas y aldeas por donde pasa, con la impetuosidad del huracán, la selvática falange, en pos de aquel demonio que le ofrece hasta la hartura el botín y la sangre, y a quien ella sigue en infernal tumulto cual séquito de furias al dios del exterminio.

Es la invasión de la llanura sobre la montaña: el desbordamiento de la barbarie sobre la República naciente.

Conflictiva de suyo la situación de los republicanos, se agrava con la aproximación inesperada del poderoso ejército de Boves.

Bolívar intenta detener las hordas invasoras, oponiéndoles el vencedor en Mosquiteros”, con el mayor número de tropas que le es dado presentar en batalla.

Vana esperanza. Campo Elías es arrollado en “La Puerta”, y sus tres mil soldados acuchillados sin misericordia.

Tan funesto desastre amenaza de muerte la existencia de la República.

Campo Elías vencido, es la base del ejército perdida, es el flaco abierto, la catástrofe inevitable.

Todos los sacrificios y prodigios consumados por el ejército patriota para conservar bajo las armas la parte de territorio tan costosamente adquirida, van a quedar burlados.

La onda invasora se adelanta rugiendo: nada le resiste, todo lo aniquila. Detrás de aquel tropel de indómitos corceles, bajo cuyas pisadas parece sudar sangre la tierra, los campos quedan yermos, las villas incendiadas sin pan el rico, sin amparo el indigente: y el pavor, como ave fatídica, cerniéndose sobre familias abandonadas y grupos despavoridos y hambrientos que recorren las selvas como tribus errantes.


¡El nombre de Boves resuena en los oídos americanos como la trompeta apocalíptica!

Cunde el terror en todos los corazones; mina de desconfianza el entusiasmo del soldado; Caracas se estremece de espanto, como si ya golpearan a sus puertas las huestes del feroz asturiano; decae la fe en los más alentados, y una parálisis violenta, producida por el terror, amenaza anonadar al patriotismo. Cual si uno de los gigantes de la andina cordillera hubiese vomitado de improviso gran tempestad de lavas y escorias capaz de soterrar el continente americano, todo tiembla y toda se derrumba.

Sólo Bolívar no se conmueve; superior a las veleidades de la fortuna, para su alma no hay contrariedad, ni sacrificio, ni prueba desastrosa que la avasalle ni la postre.

Sin detenerse a deplorar los hechos consumados, alcanza con el relámpago del genio los horizontes de la patria; pesa la situación extrema que le trae la derrota de Campo Elías y la doble invasión que practican a la vez Rosete y Boves sobre la capital y sobre el centro de la República; mide sus propias fuerzas, que nunca encontró débiles para luchar por la idea que sostuvo, y concibe y pone en práctica, con enérgica resolución, un nuevo plan de ataque y de defensa.

Seguido de parte de las tropas con que asedia Puerto Cabello, va a fijar en Valencia su cuartel general; punto céntrico desde el cual con facilidad puede auxiliar a D’ Eluyar, a quien ha dejado frente a los muros de la plaza sitiada; al ala izquierda del ejército patriota, que cubre el Occidente; y a atender al conflicto producido en Aragua con la aproximación de Boves.

A tiempo que Ribas improvisa en Caracas una división para marchar sobre el enemigo, Aldao recibe orden de fortificar el estrecho de la Cabrera, donde va a situarse Campo Elías con los pocos infantes salvados de la matanza de La Puerta.

A Urdaneta que combate en Occidente, se le exige reforzar con parte de sus tropas las milicias que se organizan en Valencia. Ínstasele a Mariño a que acuda en auxilio del Centro. Díctase medidas extremas, pónese a prueba el patriotismo; al que puede manejar un fusil se le hace soldado; acéptase la lucha, por desigual que sea; y Mariano Montilla, con algunos jinetes, sale veloz del cuartel general, se abre paso por entre las guerrillas enemigas que infestan la comarca, y va a llevar a Ribas las últimas disposiciones del Libertador.

Nada se omite en tan difíciles circunstancias; lo que está en las facultades del hombre, se ejecuta, lo demás toca a la suerte decidirlo.

El conflicto entre tanto, crece con rapidez. Como aquellos terribles conquistadores asiáticos, ávidos de poder y venganza, Boves se adelanta por entre un río de sangre, que alimentan sus feroces llaneros al resplandor siniestro de cien cabañas y aldeas incendiadas, que el invasor va dejando tras sí convertidas en ceniza.

Apercibido a la defensa, el Libertador aguarda confiado en su destino la sucesión de los acontecimientos que van a efectuarse. Al terror general que le circunda, opone, como fuerza mayor, su carácter tenaz e incontrastable; al huracán que se desata para aniquilarle, enfrenta en primer término, toda una fortaleza; el corazón de José Félix Ribas.

El jaguar de las pampas va a medirse con el león de la sierra; son dos gigantes que rivalizan en pujanza y que por la primera vez van a encontrarse.

III

Apenas son siete batallones que no exceden en conjunto de 1.500 plazas, un escuadrón de dragones y cinco piezas de campaña, Ribas ocupa La Victoria, amenazada a la sazón por el ejército realista. Escaso es el número de combatientes que el general republicano va a oponer al enemigo, pero el renombre adquirido por este jefe afortunado alienta a cuantos le acompañan.

Empero, ¿Sabéis quiénes componen, en más de un tercio, ese grupo de soldados con que pretende Ribas combatir al victorioso ejército de Boves? ¡Parece inconcebible!.

En tres años de lucha, Caracas había ofrendado toda la sangre de sus hijos al insaciable vampiro de la guerra; hallábase extenuada, sin hombres que aportar a la defensa de su inválido territorio; y al reclamo de la patria en peligro, sólo había podido ofrecerle sus más caras esperanzas: los alumnos de la Universidad.

Allí van a buscarse los nuevos lidiadores que exhibe la República en aquellos días clásicos de cruentos sacrificios: y una generación, todavía adolescente, abandona las aulas y el Nebrija para tomar el fusil.

Sobre la beca del seminarista se ostenta de improviso los arreos del soldado. Y parten en solicitud del enemigo los imberbes conscriptos, confundidos con las tropas de línea; y aprenden de camino, el manejo del arma que los abruma con su peso, así como acostumbran el oído a los toques de guerra, y a las voces de mando de aquellos nuevos decuriones que se prometen enseñarles a morir por la Patria.

Todos marchan contentos; diríase que están de vacaciones. ¡Pobres niños! ¿Ligero bozo sombrea apenas sus labios y ya la pólvora va a enardecerles el corazón; apenas la sangre generosa de sus padres sienten correr ardiente por las venas, y ya van a derramarla! ¡La Patria lo reclama!.

¡Libertad!, ¡Libertad!, cuánta sangre y cuántas lágrimas se han vertido por tu causa… ¡y todavía hay tiranos en el mundo!.

La situación de La Victoria hasta entonces desguarnecida, y en la expectativa de ver caer sobre ella el azote del cielo, como a Boves nombraban, expresa elocuentemente el grado de terror que infundía en nuestras masas populares la ira, jamás apaciguada, de aquel feroz aliado de la muerte, a quien la vista de la sangre producía vértigos voluptuosos y fruiciones infernales.

Toda humana criatura sin distinción de edad, sexo o condición social, trataba de desaparecer de la presencia de tan funesto aventurero.

Los bosques se llenaban de amedrentados fugitivos, que preferían confiar la vida de sus hijos a las fieras de las selvas, antes que a la clemencia de aquel monstruo de corazón de hierro, que jamás conoció la piedad.

En el poblado, el silencio lo dominaba todo; nada se movía; casi no se respiraba. Los niños y las aves domésticas, parecían haber enmudecido; los arroyos callaban; el viento mismo no producía en los árboles sino oscilaciones sin susurros.

Los que habían podido huir a las montañas se inclinaban abatidos en el recinto del hogar, buscaban la oscuridad para ocultarse en ella como en los pliegues de un manto impenetrable, y a cada instante, sobrecogidos de pavor, creían oír ruidos siniestros, precursores de la catástrofe que los amenazaba, ruidos que no deseaban escuchar, pero que el terror sabía fingirles, haciéndoles más larga y palpitante la zozobra.

Ribas fue acogido por aquel pueblo agonizante como enviado del cielo.

SAN MATEO

(Febrero y marzo de 1814)

I

Digno del noble orgullo de una raza viril es el recuerdo de esta jornada insigne, ya que el alto ejemplo de heroica abnegación que en ella se consagra; ya por la excelsa manifestación que dio a la América, de lo inflexible de aquella voluntad que acometía, confiada sólo en su propio valer y su pujanza, la conquista más noble y más gloriosa a que puede aspirar el amor patrio.

“San Mateo” no es simplemente una batalla. Entre los episodios más trascendentales de nuestra guerra de independencia, figura en primer término; simboliza el heroísmo de la revolución….

II

Un sol desaparece y otro se levanta.

Entre los escombros de la revolución, aniquilada hasta en sus fundamentos por el triunfo inesperado y sorprendente de Monteverde, se eclipsa la histórica figura de Miranda: alta virtud a quien había confiado sus destinos la naciente República. Apágase en el polvo, donde cae destrozado el altar de la patria, el fuego sacro de la idea redentora. Desmaya el sentimiento que provocó a la rebelión. El cielo de las halagüeñas esperanzas se obscurece de súbito, y las sombras de un nuevo cautiverio como lóbrega noche, amenazan cubrir la inmensa tumba, donde parece sepultada para siempre, con el heroico esfuerzo, la más noble aspiración de todo un pueblo.

Dos años de lucha, entorpecida por infructuosos ensayos de sistemas políticos mal aconsejados por la inexperiencia en los negocios públicos, unidos al desaliento de candorosas esperanzas frustradas, al encono latente de rivalidades peligrosas, y a la amenaza, jamás bien escondida al egoísmo, de arrostras aún más serios conflictos y recias tempestades, antes del definitivo afianzamiento de las nuevas instituciones, habían gastados los resortes políticos de la revolución, mellado la entereza de sus más esforzados apóstoles, y entibiado entre la multitud el entusiasmo, de suyo escaso, por una causa, al parecer, de tan difícil como remota estabilidad.

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…Para 1812, no era ni sombra de aquel risueño arbusto del 19 de abril, coronado de flores entreabiertas al sol de la esperanza; ni menos se asemejaba al soberbio gigante del 5 de julio, cargado de abundosos y sazonados frutos: apenas si era un tronco de solidez dudosa, protegido por escaso ramaje, falto de savia y amenazado de esterilidad. En tan cortos días los nobles promotores de la revolución habían envejecido, y sus propósitos heroicos, y sus conquistas, y los trofeos cuantiosos de sus primeras y ruidosas victorias, desaparecían entre la sombra de un ayer ya remoto, para las veleidades del presente. Desatinada y recelosa, avanzaba la revolución con paso incierto hacia el abismo de su completa ruina. En vano a su cabeza, cual poderoso paladín, ostentaba al veterano de Nerwide. En vano a prolongarle la existencia concurrían los esfuerzos de los más abnegados. El cáncer de la anarquía la devoraba, su ruina era evidente. De pronto, en medio al desconcierto que la guiaba, un obstáculo fácil de superar en otras condiciones, le cierra audaz el paso. Acometida de estupor, retrocede, fluctúa, avanza luego poseída de inexplicable vértigo, tropieza con un guijarro que le arroja el destino, y empujada por la mano trémula de Monteverde, vacila y cae vencida, cuando con poco esfuerzo habría podido alzarse victoriosa.

La capitulación de La Victoria fue la mortaja en que se envolvió para morir. La perfidia la recibió en su seno y la ahogó entre sus brazos.

Miranda, la postrera esperanza de los independientes, sucumbe con la revolución y eclipsado el astro, sobreviene la noche…

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III

Postración dolorosa, que explotaron hasta la saciedad los vencedores confiscando las riquezas de los vencidos, ultrajando su dignidad, su honra y sus costumbres, y anegando el país en sangre generosa.

Cumaná, quizás la más herida de las provincias orientales por la ferocidad de sus dominadores, es la primera que reacciona, pero su heroico esfuerzo no alcanza a sacudir la postración de sus hermanas. Sin embargo, aquel nuevo Viriato, como graciosamente a Monteverde calificaron sus aduladores, se estremece de espanto ante la ruda obstinación de los patriotas orientales, y poseído de salvaje furor, oprime entre sus brazos, casi hasta estrangularla, la presa que le diera la Fortuna y que presume conservar.

¡Ilusoria esperanza! En medio de tan profunda oscuridad para la sometida Venezuela, un gran foco de luz aparece de súbito en la empinada cima de los andes. Chispa al principio, oscilante entre los ventisqueros, acrece rápidamente hasta alcanzar las proporciones del dilatado incendio. En la inflamada región de los volcanes brilla radiosa como el ígneo penacho del Pichincha, cuando viste el gigante los terribles arreos de su imponente majestad; ilumina con resplandores que deslumbran a la cautiva América; inflama el mar con los reflejos de su fulgente lumbre, y atónitos y mudos la contemplan, desde el templo del sol hasta las playas donde Colón dejó caer el ancla de sus naos victoriosas, los descendientes de los Incas y los hijos sin patria de aquellos mismos héroes que al cetro de Castilla la dieran cual presea.

Aquella inmensa lumbre, aquella hoguera amenazante para los exarcados españoles, es el primer destello del genio de la América: es Bolívar que surge coronado de luz como los inmortales; es la presencia del adalid apóstol, que de lo alto de su corcel de guerra, predica la nueva doctrina americana al resplandor fulmíneo de su espada.

Airado vuelve los ojos a su patria el futuro Libertador de un mundo, y la contempla de nuevo esclavizada, moribunda, bajo la férrea planta de sus ensañados opresores. En las alas del viento que sacude la tricolor bandera sobre las cumbres de los Andes, llegan a él entre lamentos prolongados, el último estertor de la madre ultrajada y el chasquido del látigo con que se la flagela, atada al poste infamador de la ignominia. Justa es la indignación del héroe americano, profundo su dolor, cuando llama al combate a sus propios hermanos, sin obtener respuesta. En vano los exhorta a proseguir la ardua cruzada: muéstranse los más indiferentes. En vano les recuerda la altivez de otros días, los juramentos espontáneos de morir por la patria, la libertad perdida y todas las miserias a que somete la tolerada esclavitud: su voz se pierde en el silencio que acrece el estupor.

Aquel cuadro doloroso prueba a Bolívar lo que ya sospechaba: que la revolución había caído para no levantarse sino apoyada en un esfuerzo sobrehumano. La tempestad revolucionaria detenida de súbito en su rápido curso, había plegado las podero9sas alas y, constreñida por una fuerza extraña, apenas si podía estremecer la oculta fibra del amor patrio, latente en el recóndito de pocos corazones.

Despreciada por unos, maldecida por otros, por todos relegada al olvido, la revolución era un cadáver que sólo una voluntad superior podía galvanizar. Bolívar se juzgó capaz de tanto esfuerzo y lo intentó.

Pero, ¿quién era él?. ¿Quién el atrevido aventurero que osaba acometer tan magna empresa? Nadie lo conocía; la común desgracia le había hecho extraño a la memoria de sus propios hermanos. Después de aquella ruina y del estrago de una catástrofe espantosa ¿a qué volver a provocar las iras del león con el descabellado intento de arrancarle su presa?. Ni ¿cómo pretender arrebatar con débil brazo lo que un gigante se empeña en retener? Y en vano aquel sublime enajenado se esfuerza por alentar a las víctimas que perdona el cuchillo de feroces verdugos; amenaza, suplica, se inflama al fin en ira, y desnuda el acero. ¡Ay! Su cólera terrible hará más que sus ruegos; aquélla se desborda, y una ola de sangre surcada de relámpagos, desciende de las cumbres andinas con la violencia del alud, con el fragor del trueno.

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La historia pavorosa de aquel tiempo, escrita al resplandor de una llama infernal con la sangre inocente de los niños descuartizados por Zuazola, sobre el seno materno herido y palpitante, recoge, poseída de estupor, las tremendas palabras de Bolívar estampadas con caracteres de fuego en el Decreto de Trujillo: decreto aterrador, reto inaudito que le trae con las iras de todas las pasiones, mortales amenazas e implacables furores.

V

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Henos aquí a las puertas de aquel infierno más espantoso que el infierno de Dante: a la entrada de aquel periodo pavoroso de nuestra lucha de emancipación, conocido con el lúgubre nombre de la guerra a muerte.

El Decreto de Trujillo, espada de dos filos que esgrime audaz la mano de Bolívar lo tenemos delante, y es forzoso detenernos frente a frente de su satánica grandeza.

Ahí está, como siempre, sombrío y amenazante para unos, cual un escollo donde van a estrellarse nuestras pasadas glorias; para otros, deslumbrador y justiciero, como la espada a que debió su libertad el pueblo americano. Osar decir si fue digno de escomió o vituperio, si conducente o pernicioso al término feliz de la gran lucha, es empresa tan ardua que sólo la imparcial posteridad podrá llevar a cabo.

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VI

El Decreto de Trujillo es el pavés sobre el cual aparece Bolívar en 1813. Escudo sangriento levantado al cielo por los mil brazos de la revolución, en que se exhibe como deidad terrible el egregio caudillo americano.

Precedido por el espanto que infunde en nuestros enemigos y por el entusiasmo que despierta entre la multitud, rueda, con pavoroso estrépito, sobre los yermos campos de Venezuela, el carro de la revolución. Apenas quinientas bayonetas lo escoltan y protegen; pero con él, desnudo el sable, radiosa la mirada y atronando el espacio con sus gritos de guerra, van Ribas, y Urdaneta, y Girardot, y D’ Eluyar, y el inmortal Ricaurte, sedientos de combates y de gloria. Nada resiste el ímpetu de su heroica bravura. En vano cierra España con numeroso ejército, la ancha vía que recorren audaces, dejando en cada huella sembrada una victoria. Allá “Agua-obispos”, la terrible y sangrienta, medio oculta en un repliegue de los Andes, como en los bordes de un inmenso sepulcro. Después “Niquitao”, que aun deslumbra en la historia con los reflejos de la espada de Ribas. Luego “Horcones”, y más tarde “Taguanes” que abre a Bolívar las puertas de Caracas y cubre con su manto de púrpura aquella campaña prodigiosa, marcha triunfal del genio sobre los destrozados hierros del despotismo.

Un grito inmenso de júbilo y asombro se propaga por toda Venezuela. Revive el amor patrio, llena los corazones, y del sangriento polvo donde cayera exánime la naciente República, se alza de nuevo majestuosa y terrible al amparo de Bolívar y de su incontrastable voluntad.

1813 es una aurora; aurora de un instante que luego nublan sombras pavorosas, pero que exhibe en todo su esplendor al hombre extraordinario a quien debió su libertad el pueblo americano.

Dignidad, entusiasmo, amor patrio, energía en el propósito de la idea redentora, leyes, instituciones, fuerza para luchar, y la esperanza del definitivo afianzamiento de nuestra nacionalidad republicana, todo renace a la presencia de Bolívar. Venezuela le aclama su libertador; ciñe coronas a su frente inmortal, y de nuevo se lanza a la enseñada lid donde con suerte varia lucha sin tregua hasta alcanzar su independencia.

Desvanecido el estupor que produjera en nuestros enemigos la audaz campaña de Bolívar, torna España a esgrimir el sanguinoso acero de sus indomables defensores; reorganiza sus huestes destrozadas; apela una vez más al fanatismo de la masa inconsciente de nuestro pueblo, su poderoso aliado; provoca la ambición de obscuros caudillejos con la aprobación tácita de todos los desmanes cometidos por Monteverde; cobra aliento al pesar la superioridad numérica en que aventaja a sus contrarios; exalta el odio entre los dos partidos; sopla la hoguera en que habrán de consumirse vencedores y vencidos, y desata las alas de aquella tempestad de furiosas pasiones que de nuevo se agitan con estrépito sobre los yermos campos de la patria.

X

El 23 de febrero de 1814, diez días después de la heroica defensa de La Victoria por el General Ribas, acampó Bolívar, con su Estado Mayor y con su guardia, en el pueblo de San Mateo.

A pesar del rechazo que habían sufrido los realistas, era en extremo conflictiva la situación de la comarca. El terror dominaba todos los ánimos. Poblaciones enteras huían despavoridas a la aproximación de las hordas de Boves, y una emigración numerosa afluía al cuartel general republicano buscando amparo en el ejército.l

Niños, mujeres y ancianos sobrecogidos de espanto, enflaquecidos por la miseria, seguían los cuerpos que velozmente iban reconcentrándose en San Mateo: y en torno de aquellos bravos que dividían con ellos su escaso pan con mano generosa, gritaban sin concierto, prorrumpiendo en desgarradores alaridos a la menor alarma.

Situado el Libertador en San Mateo, punto escogido como estratégico, para vigilar los movimientos del poderoso ejército enemigo reconcentrado en la Villa de Cura, y auxiliar con más facilidad, en caso necesario, una u otra de las dos ciudades más importantes de la República (Caracas y Valencia), amenazadas a la sazón por los realistas, se ocupa en reforzar sus posiciones con algunas obras de defensa, en tanto que la llegada del ejército de Oriente, acaudillado por Mariño, y esperado con ansiedad creciente durante muchos días, le pone en capacidad de acometer a Boves y de abrir, con probabilidades de buen éxito, una nueva campaña.

En la mañana del 26, se incorporó al Libertador el Mayor general Mariano Montilla, con la división de los Valles del Tuy, y al día siguiente los cuerpos de Ponce y de Salcedo y la brigada de Barquisimeto al mando de Villapol. Las fuerzas todas de los independientes, reunidas en San Mateo, ascienden a 1.500 infantes, con cuatro piezas de campaña de grueso calibre y 600 jinetes, entre los cuales figura el brillante escuadrón de Soberbios Dragones, ansioso por vengar la muerte de su jefe, el bravo Rivas-Dávila.

Repuesto Boves del descalabro sufrido en La Victoria, e impaciente por medirse con el Libertador, a quien cree exterminar con el empuje de sus numerosos escuadrones, se apresura a caer de nuevo sobre los republicanos, mal seguros en sus posiciones de San Mateo. A la cabeza de ocho mil combatientes sale orgulloso de la Villa de Cura; ocupa a Cagua, pueblo inmediato al cuartel general de los independientes; ordena a su vanguardia forzar en el paso del río las avanzadas a cargo de Montilla, las que le oponen dura resistencia; repliega con la noche; toma ventajosas posiciones en las alturas que dominan al sur del caserío, y espera el día para librar una batalla en la que de antemano se adjudica la victoria.

XXI

Un grito inmenso de triunfo y de alegría resuena al mismo tiempo en el campo realista; pero instantáneamente, insólita explosión y aterrador estrépito retumba en todo el valle, y densa nube de humo y de polvo asciende al cielo entre lenguas de fuego y cubre la montaña.


¿Qué pasa? ¿Qué acontece? Todos lo adivinan al disiparse el humo que cual fúnebre manto se extiende sobre la casa del Ingenio. ¡El antiguo edificio convertido de súbito en un montón de escombros, pregona el heroísmo de Ricaurte…! ¡Glorioso sacrificio a que no le induce la desesperación; ni se puede estimar como el arranque del despecho de una trágica muerte, ni menos como la protesta insolente del orgullo militar humillado! No; Ricaurte no es Cambrone en el último cuadro de Waterloo, revolviéndose en su agonía de león, para escupir el rostro, con frases de desprecio, a su enemigo vencedor. Está más alto. El amor a la patria es sólo quien le inspira… Una peripecia de la batalla le sirve de pedestal y sobre ella se empina. Su talla adquiere las proporciones de los antiguos héroes; su cabeza se pierde entre deslumbradoras claridades; a sus pies todo lo ve pequeño, menos la huesa que para recibirle cava todo un ejército. Desde la altura en que se encuentra divisa el campo de batalla; en él a sus amigos desesperados de vencer; a Boves, soberbio y victorioso; y tanto esfuerzo inútil y tanta sangre vertida infructuosamente, y la patria humillada, y su causa perdida: todo lo ve a sus pies, y árbitro se siente y soberano de la cruenta jornada: Su vida por mil vidas y por el triunfo de los suyos, le propone el Destino; y convencido acepta el sacrificio, y corre a él; y espanta, y vence, y desaparece de la tierra para ceñir en la inmortalidad la refulgente aureola de su gloriosa abnegación.

Ante aquel extraordinario sacrificio, Boves retrocede aterrado, y de nuevo va a guarecerse en las alturas.

Bolívar le persigue hasta sus inexpugnables posiciones; recorre el campo donde yacen extendidos mil cadáveres, y espera la llegada de Mariño para abrir la campaña.

Tres días más permanece el terrible asturiano en sus antiguas posiciones; luego cambia de aviso y se retira al fin de la presencia de Bolívar, noticioso de la proximidad del esperado ejército de Oriente.

CARABOBO

(24 de junio de 1821)

COLOMBIA, la aspiración grandiosa del genio de Bolívar, era una realidad.

Hija del heroísmo, concebida en el seno de las tempestades al eléctrico resonar de los clarines, entre el fragor de las batallas, los rugidos del león soberbio, dominador del Nuevo Mundo, y los himnos triunfales de un pueblo fanatizado hasta el martirio por loa idea redentora de la independencia y libertad, había surgido altiva como deidad terrible, coronada la frente de sangrientos laureles y armada de la noble potencia de su virilidad y sus derechos, del surco ardiente de la guerra en el campo inmortal de “Boyacá”.

Sobre el rico trofeo de cien victorias, descollaba con proporciones gigantescas, entre las nacientes Repúblicas americanas. Su porvenir estaba lleno de promesas; su nombre, al par de sus hazañas, era timbre de orgullo para los pueblos del Nuevo Continente; y al amparo de su egida, nuevas fuerzas, y brío, y mayor ardimiento cobraban las aspiraciones y los nobles propósitos de los sostenedores de aquella cruenta lucha contra el poder dominador de la Metrópoli.

Apenas en su aurora, la viva luz que difundía aquel astro radiante prometía no eclipsarse jamás.

No obstante, la lucha desastrosa empeñada hacía ya tantos años, continuaba con el mismo calor. Vilipendiada al par que combatida siempre por sus implacables enemigos. Colombia se ostentaba orgullosa en medio del huracán que se esforzaba en abatirla. Apenas si podía dar un paseo en el camino de su engrandecimiento, que no fuera apoyada en su robusta espada, que no hubiera menester abrirse campo con el fuego de sus cañones. Su imperio se extendía sobre ruinas humeantes, sobre campos desiertos, sobre doscientos mil cadáveres que clamaban venganza, sobre un suelo estremecido de continuo por el sacudimiento de las batallas.

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Empero, tanta perseverancia y tan costosos sacrificios no habían de ser estériles.; para teñir de púrpura la aurora del gran día del definitivo afianzamiento de nuestra independencia, por todos esperada con anhelo tras una noche de tres siglos, mucha sangre generosa había sido indispensable derramar; pero la aurora tan deseada iba a lucir al fin en los horizontes de la Patria.

III

A pesar de los obstáculos de todo linaje, con que el esfuerzo y la tenacidad de los jefes realistas embarazaban la marcha progresiva de la Revolución y su creciente desenvolvimiento, nuestras conquistas en 1820 eran trascendentales y de incontestable valimiento. Venezuela se había unido a su vecina hermana bajo el fulmíneo casco de Colombia. Nuestra fuerza moral era imponente. Nuestro ejército probado en cien batallas, aunque escaso en número, era disciplinado y aguerrido. Nuestros generales, así como nuestros magistrados, habían cobrado experiencia y alcanzado con la continua rotación de los sucesos, la altura indispensable al puesto que ocupaba y la prudencia tan necesaria así en la guerra como en las emergencias de los negocios públicos. La serenidad y el frío cálculo habían vencido y dominado el atolondramiento, la irreflexiva impetuosidad y las jactanciosas presunciones que, junto con el antagonismo de intereses y pasiones, tan funestos resultados dieran más de una vez en los primeros tiempos de la Revolución. Una sola voz, un solo pensamiento, dirigía aquel conjunto de homogéneos propósitos, antes de aspiraciones turbulentas y de intereses encontrados, entonces sometidos a una sola ley, a una sola voluntad: voluntad por todas acatada y estimada por todos como imprescindible.

Para 1820, España comenzaba a dudar del sometimiento de sus rebeldes colonias, y nuestro pueblo esquivo largo tiempo al sagrado propósito de sus libertadores, se inclinaba a creer en las promesas de los nobles apóstoles de la libertad y del derecho americano… España, en su propósito de someter a la rebelde Venezuela al yugo colonial, había agotado cuantos medios violentos le había sugerido la ferocidad de las más exaltadas pasiones: la represión salvaje, el cautiverio inquisitorial, el hambre, el hierro, el fuego, la perfidia con sus garras ocultas, el verdugo disfrazado de amigo. Pero el terror y la crueldad habían sido ineficaces. En vano se condenaban a la mendicidad y al desamparo las familias de los tachados de rebeldía; en vano se exhibían en las encrucijadas de los caminos públicos, en las plazas de las aldeas y en las puertas de las ciudades principales, cabezas cortadas por los verdugos, brazos, piernas y esqueletos pendientes de los árboles, clavados sobre picas o encerrados en jaulas para defenderlos de las aves de presa y prolongar el espanto que desean infundir entre la multitud. La cabeza de Ribas estuvo exhibida por cuatro años en una de las llamadas puertas de Caracas. Y nada fue bastante a detener el impulso que impelí9a a Venezuela a su emancipación; las medidas violentas se desprestigiaron y agostaron, y otros medios más hábiles fueron puestos en práctica a ver de contener por la conciliación lo que alcanzar no pudo la violencia, ni menos la crueldad.

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IV

… La libertad proclamada en España, en el seno mismo de los acontecimientos de las tropas expedicionarias con destino a reforzar en Venezuela el ejército de Morillo, al par que abate el despotismo y coloca bajo la egida de instituciones liberales el porvenir político de la Península, favorece a América la transformación republicana de las colonias españolas.

Fijo, no obstante, como siempre, el Gobierno de la Metrópoli, en el propósito de conservar a la Corona sus posesiones de ultramar, se apresura, recién jurada la Constitución, a restablecer su quebrantada autoridad en las colonias; pero descaminado respecto al verdadero espíritu de la Revolución americana, cree allanable por la conciliación lo que vanamente por las armas se había empeñado en reprimir.

En tal sentido, la promesa de instituciones liberales y de una amplia amnistía, junto con el ofrecimiento de dignidades y empleos para los jefes insurgentes que sostenían la guerra en Nueva Granada y Venezuela, fue el primer paso de las Cortes en el camino de un avenimiento entre la Madre Patria y sus rebeldes hijos; y, con tal fin, encárgese a Morillo la pacificación de las provincias sublevadas por medio de la conciliación de tan encontrados intereses.

La nueva inesperada de sucesos tan extraordinarios, como los que se efectuaran en España, produjo en sus colonias una profunda conmoción, no exenta de desaliento y de despecho, entre los sostenedores del principio monárquico absoluto y de la integridad del territorio sometido por los conquistadores al cetro de Castilla. Aquel insigne triunfo de las nuevas ideas sobre el absolutismo, triunfo reputado por el pueblo español como la más gloriosa de sus victorias cívicas, desprestigia en América el poderío de la Corona y sus augustos fueros, no solamente entre las clases inferiores poseídas las más de fanático realismo e incapaces de suponer nada tan alto y poderoso como la voluntad de sus monarcas, sino aún entre aquellos mismos más esclarecidos a quienes era fácil concebir la trascendencia de un cambio tan favorable a sus personales intereses…

IX

Valeroso y disciplinado era el ejército español, y superior en número al que el Libertador podía oponerle, a pesar de las favorables circunstancias que avigoraban la causa republicana, y la popularizaban hasta entre los más esforzados opositores.

No obstante las ventajas y desventajas de los opuestos bandos, podían equilibrarse; si en el realista prevalecía por el momento la fuerza material, campeaba en su contrario el entusiasmo y la fuerza moral de todo un pueblo identificado en una misma aspiración. Para cada una de las bayonetas de que LA Torre disponía, diez corazones resueltos a sacrificarse por la patria podían oponerle los republicanos.

Con creciente rapidez acercábase el desenlace de aquel sangriento duelo, reñido con el mismo furor hacía ya tantos años; y a nadie se ocultaba que había de ser ruda y decisiva la próxima batalla que se librase en Venezuela.

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En su larga carrera, Bolívar había pugnado con dos hombres verdaderamente notables por las condiciones especiales que los distinguieron en aquella guerra desastrosa, y ambos habían desaparecido del palenque sin haber logrado avasallarlo. En Boves había combatido al sectario de las propias creencias, al hombre de la naturaleza, el torbellino de las pasiones de la época, con todas las iras y arrebatos de una ambición ardiente, con todo el arrojo de un carácter resuelto y exaltado, y toda la pujanza y valentía del león. En Morillo había luchado contra el renombre glorioso, la pericia militar, el ardor reflexivo y la ordenada impetuosidad de un capitán experto y temerario a la vez que prudente. Sometido a las reglas que prescribe la disciplina hasta encadenar su genial intrepidez a las severas prescripciones de la táctica; tan rudo como hábil, de propias ideas, de no escasas aptitudes para el desempeño de la empresa que se le había confiado, sagaz, cruel, arrebatado, perseverante, sin dotes de caudillo, pero terrible e indómito.

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X

Breves días duró la suspensión delas hostilidades acordadas en Trujillo, tregua tan desastrosa para España como benéfica para las armas de Colombia. LA guerra enciende de nuevo su destructora tea, el rayo vibra y en la vasta extensión de Venezuela dilata sus fragorosas resonancias.

No obstante, la súbita ruptura del armisticio, acogida con férvido entusiasmo por los independientes, fue como el despuntar de una risueña aurora para la causa americana.

Tras las espesas nubes que obscurecieron hasta entonces los horizontes de la patria, aparecen los primeros destellos de un sol resplandeciente que todo lo ilumina, lo exhibe, y magnifica con sus brillantes resplandores. Los bandos enemigos se miran sin el pasado enojo y se contemplan con admiración. No ya más lucha entre tinieblas aglomeradas por el odio; las sombras huyen avergonzadas y con ellas desaparecen las escenas terribles, el furor fratricida y la saña mortífera que alimentaran en su seno. La tierra absorbe la sangre derramada y el yermo campo reverdece y produce laureles. La espada de los héroes luce ante el nuevo sol, resplandeciente y sin mancilla; y el mismo ronco estrépito del bronce formidable que truena en las batallas, pierde la lúgubre y aterradora repercusión de los pasados tiempos. Sólo el acaso es responsable de la sangre que se derrame en los combates…

XVIII

Al despuntar la aurora del 24 de junio de 1821, el ejército republicano se pone en movimiento apresta las armas, deja en el campamento todos los equipajes, ganados y acémilas que pudieran embarazar su marcha, y, apercibido a la pelea, recurre lleno de entusiasmo la distancia que media entre las dos llanuras, testigos de sus pasados triunfos.

Alegre y bulliciosa era la marcha de nuestros regimientos: más que reñir una batalla, aquellos bravos, ansiosos por llegar al término deseado, parecían dirigirse a una feria. Ante la gloria de la Patria, nadie pensaba tristemente arrebatar a la victoria la mayor cantidad de laureles era la aspiración de todos. En medio del ruido acompañado de la marcha resonaban estrepitosos vítores fanfarronadas estrambóticas, gritos preñados de amenazas; y se entonaban coplas de melodioso ritmo, alusivas a los pasados triunfos, a nuestros héroes muertos, no vencidos: y corrían chanzonetas sarcásticas sazonadas de gracia y de dichos picantes, que, unidas al metálico chasquido de las armas, al relincho de los caballos y al susurro del viento en el ramaje de los árboles, formaban un extraño concierto, estrepitoso e inarmónico, pero lleno de virilidad y de alegría. Nuestros soldados, como los antiguos lacedomonios que presidía Tirteo, se enardecen y con los himnos guerreros de sus bardos salvajes, y cantando sus pasadas glorias se dirigen a Carabobo.

Empero, para llegar a la inmortal llanura por el camino que Bolívar seguía, era necesario superar graves inconvenientes opuestos por la naturaleza; los que, dado caso que hubiera sabido aprovechar el enemigo, ruda y costosa habría sido, sin duda la empresa de vencerlos. Después de esguazar el Chirgua y de internarse en las tortuosas quiebras de la serranía de la Hermanas, había que penetrar por el desfiladero de Buenavista, posición formidable donde pocos soldados bastan a contener todo un ejército; marchar luego por un camino lleno de asperezas, dominado en gran parte por alturas cubiertas de bosques y zarzales, y atravesar, al fin, una abra estrecha y larga, fácil de defender.

La Torre desprecio, sin embargo, las ventajas que ofrecía la conformación de aquel terreno por donde forzosamente nuestro ejército tenía que penetrar. Franca dejó al Libertador tan peligrosa vía, conformándose sólo con defender la entrada a la llanura. La pérdida completa del destacamento situado en Tinaquillo, fue acaso la razón que decidiera al enemigo a reconcentrar todas las fuerzas. Las avanzadas que tenía en Buenavista replegaron a la aproximación de los independientes; ocuparon éstos tan inexpugnable posición; y desde allí pudieron ver nuestros soldados todo el ejército español, desplegado en batalla, en la espaciosa sabana de Carabobo.

El bélico alborozo de los primeros Cruzados al divisar los muros de Jerusalén, ansiando redimir al sepulcro de Cristo, no fue mayor que el júbilo entusiasta que se produjo en el ejército patriota al contemplar el campo de batalla donde había de efectuarse la completa redención de Venezuela. Un grito inmenso resonó en las alturas que dominaran de lejos el campamento de La Torre, grito terrible, provocación amenazante de seis mil combatientes, resueltos a conquistar aquel día, la ma´s trascendental de sus victorias o a perecer en la contienda.

XXIII

Con un frente de cuatrocientos hombres y sin más fondo que dos hileras de soldados. “Apure”, “Tiradores” y “La Legión Británica” avanzan simultáneamente, con ls bayonetas asentadas sobre los regimientos españoles con que La Torre riñe la batalla; carga brillante, a cuyo empuje ceden los realistas, pierden sus posiciones, y repliegan buscando apoyo en el grueso de su caballería.

Mientras lucha tan bizarramente nuestra infantería, inferior en mucho a la contraria, atraviesa la difícil quebrada un grupo de jinetes de la guardia de Páez, encabezado por el valiente Capitán Ángel Bravo, y parte del escuadrón primero de “Lanceros”, a las órdenes del Coronel Muñoz; y a tiempo llegan de hacerle frente a los húsares de “Fernando VII” y a los Dragones y Carabineros de la “Unión” que en número de quinientos caballos lanza La Torre sobre la extrema izquierda de nuestra línea de batalla con el objetivo de envolverla…

Páez reúne, entre tanto, los trozos de su caballería que lentamente salen a la llanura. Su ansiedad por allegar el mayor número, sin privar de su presencia alentadora a su diezmada infantería, se descubre en la rapidez vertiginosa con que lanza su impetuoso caballo para acudir a todas partes: así se ve lucir entre el revuelto torbellino del combate su rojo penacho, batido por el viento, cual una llama errante, veloz, inextinguible, alma de la batalla, provocadora del incendio.

De pronto, en medio de la inquietante expectativa que sufren los dos bandos, la llama voladora se detiene; y Páez lleno de asombro, vé salir de la nube de polvo que oculta los efectos de aquel violento choque, a un jinete bañado en propia sangre, en quien al punto reconoce al negro más pujante de los llaneros de su guardia: aquél, a quien todo el ejército distingue con el honroso apodo de “el primero”( Los llaneros llamaban así al Teniente Camejo, porque su bravura reconocida lo llevaba a ser siempre el primero que acometía al enemigo en toda carga.)

XXIV

El caballo que monta aquel intrépido soldado, galopa sin concierto hacia el lugar donde se encuentra Páez; pierde en breve la carrera, toma el trote, y después, paso a paso, las riendas sueltas sobre el vencido cuello, la cabeza abatida y la abierta nariz rozando el suelo que se enrojece a su contacto, avanza sacudiendo su pesado jinete, quien parece automáticamente sostenerse en la silla. Sin ocultar el asombro que le causa aquella inexplicable retirada, Páez le sale al encuentro, y apostrofando con dureza a su antiguo émulo en bravura, en cien reñidas lides, le grita amenazándole con un gesto terrible: ¿Tienes miedo?... ¿No quedan ya enemigos?... ¡Vuelve y hazte matar!... Al oir aquella voz que resuena irritada, caballo y jinete se detienen: el primero, que ya no puede dar un paso más, dobla las piernas como para abatirse; el segundo abre los ojos que resplandecen como ascuas y se yergue en la silla; luego arroja por tierra la poderos lanza, rompe con ambas manos el sangriento dormán, y poniendo a descubierto el desnudo pecho donde sangran copiosamente dos profundas heridas, exclama balbuciente: Mi General … Vengo a decirle adiós… porque estoy muerto. Y aballo y jinete ruedan sin vida sobre el revuelto polvo, a tiempo que la nube se rasga y deja ver nuestros llaneros vencedores, lanceando por la espalda a los escuadrones españoles que huyen despavoridos.

Páez dirige una mirada llena de amargura al fiel amigo, inseparable compañero en todos sus pasados peligros; y a la cabeza de algunos cuerpos de jinetes que, vencido el atajo han llegado hasta él, corre a vengar la muerte de aquel bravo soldado cargando con indecible furia al enemigo…

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XXV

Mayor que la impaciencia que Bolívar había experimentado con el retardo de las dos divisiones, fue su angustia, cuando al flaquear el enemigo, miró resuelta la batalla por el heroico empuje de Páez y sus soldados, sin que fuera posible conseguir que todo el ejército español quedase prisionero. Vencedora, ero destrozada, no era dable a la 1ª división rendir a sus contrarios. En tal conflicto, el Libertador ordena a Plaza y a Cedeño prescindir del camino que llevan y penetrar al campo de batalla rompiendo las tupidas malezas y trasmontando las colinas como les fuera posible. Y embargada el alma con el placer de la victoria, el propio tiempo que por el sentimiento de que no llegara a ser completa, presencia entusiasmado los esfuerzos de Páez por sellar aquel día la más gloriosa página de su historia inmortal.

Sin el apoyo de su caballería, La Torre se ve envuelto: los batallones con que hace frente a la “Legión Británica”, “Apure” y “Tiradores” retroceden con precipitación. En vano se empeña en detener aquel funesto movimiento precursor del desastre¸ en vano, con el ejemplo de una entereza singular, estimula a sus aturdidos camaradas. Inútil es su empeño; su voz se pierde en el estrépito de la ardorosa lid, su brazo se fatiga. Tenaz soldado insiste, sin embargo, en la tarea imposible de conjurar los estremecimientos de la catástrofe que amenaza estallar y que lo arrastra, al fin, con la impetuosidad del huracán “Hortslrich”, da, el primero, el pernicioso ejemplo; al bote de nuestras bayonetas rompe las filas, se desbanda y huye produciendo terrible sacudida entre los otros cuerpos españoles. “Burgos”, fluctúa, no obedece la orden que le intiman sus jefes, de dar frente a los lanceros reunidos de Silva y de Muñoz; y cargado de flanco se desordena, gira sin concierto, y sirve de pasto a las lenguas de acero de nuestros escuadrones…

Ante aquella furiosa acometida, “Valencey” retrocede y “Babastro” se rinde; mas ¡ah! su postrera descarga antes de entregarse prisionero, arrebata a Colombia una de sus más puras y más preclaras glorias: Una bala penetra el corazón del joven héroe, y Plaza expira entre los vítores del triunfo.

Con la entrega de “Babastro”, el campo de batalla se siente sacudido por la gran catástrofe de las legiones españolas; y un grito espantoso, clamor desgarrador, inmenso último suspenso de agonía de aquel pujante ejército, resuena en la llanura, y la derrota, contenida un instante, se declara completa.

“Carabobo” duró lo que el relámpago, puede decirse que para todos fue un deslumbramiento.

Sobre la frente erguida del vencedor en “Las Queseras” brillaba un laurel más, y de alto precio.

El Libertador desciende a la llanura en el momento que se decide la batalla. Su pronóstico estaba cumplido; el ejército patriota saluda entusiasmado a su inmortal caudillo.





REFERENCIA

Blanco E. (s/f) Venezuela heroica. Caracas: Reproductores Gráficas s.a. Cuarto Festival del libro venezolano.

4 comentarios:

  1. Nunca jamas, nunca mas, nadie dara honor y mas veracidad a la historia de la idempendencia de un continente como nuestro escritor Eduardo Blanco.

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  2. Buenas tardes, usted no posee el libro completo en dígital... es que lo debo leer para un trabajo de la Universidad y no lo encuentro por ningún lado... por favor! GRACIAS...

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