martes, 18 de mayo de 2010

POEMAS DE JUAN ANTONIO PÉREZ BONALDE



VUELTA A LA PATRIA

I

¡Tierra! grita en la prora el navegante

y confusa y distante,

una línea indecisa

entre brumas y ondas se divisa.

Poco a poco del seno

destacándose va del horizonte,

sobre el éter sereno

la cumbre azul de un monte;

y así como el bajel se va acercando,

va extendiéndose el cerro

y unas formas extrañas va tomando;

formas que he visto cuando

soñaba con la dicha en mi destierro.

Ya la vista columbra

las riberas bordadas de palmeras,

y una brisa cargada con la esencia

de violetas silvestres y azahares,

en mi memoria alumbra

el recuerdo feliz de mi inocencia,

cuando pobre de años y pesares

y rico de ilusiones y alegría,

bajo las palmas retozar solía

oyendo el arrullar de las palomas,

bebiendo luz y respirando aromas

Hay algo en esos rayos brilladores

que juegan por la atmósfera azulada,

que me hablan de ternuras y de amores

de una dicha pasada

y el viento al suspirar entre las cuerdas,

parece que me dice “¿no te acuerdas?”…

Ese cielo, ese mar, esos cocales,

ese monte que dora

el sol de las regiones tropicales…

¡Luz! ¡Luz al fin! –los reconozco ahora:

son ellos, son los mismos de mi infancia,

y esas playas que al sol del mediodía

brillan a la distancia,

¡Oh inefable alegría!

son las riberas de la patria mía!.

Ya muerde el fondo de la mar hirviente

del ancla el férreo diente;

ya se acercan los botes desplegando

al aire puro y blando

la enseña tricolor del pueblo mío

¡a tierra! ¡a tierra! o la emoción me ahoga,

o se adueña de mí el desvarío!

Llevado en alas de mi ardiente anhelo,

me lanzo presuroso al barquichuelo

que a las riberas del hogar me invita.

Todo es grata armonía; los suspiros

de la onda de zafir que el remo agita;

de las marinas aves

los caprichosos giros;

y las notas suaves, y el timbre lisonjero,

y la magia que toma

hasta en labios del tosco marinero

el dulce son de mi nativo idioma.

¡Volad, volad veloces,

ondas, aves y voces!

Id a la tierra donde el alma tengo

y decidle que vengo

a reposar, cansado caminante,

del hogar a la sombra un solo instante;

decidle que en mi anhelo, en mi delirio

por llegar a la orilla, el pecho siente

dulcísimo martirio;

decidle, en fin que mientras estuvo ausente

ni un día, ni un instante hela olvidado,

y llevadle este beso que os confío,

tributo alentado

que desde el fondo de mi ser le envío.

¡Boga, boga, remero; así… llegamos!

¡Oh emoción hasta ahora no sentida!

¡ya piso el santo suelo en que probamos

El almíbar primero de la vida!

Tras ese monte azul cuya alta cumbre

lanza reto de orgullo

al zafir de los cielos,

está el pueblo gentil donde al arrullo

del maternal amor rasgué los velos

que me ocultaban la primera lumbre.

¡En marcha, en marcha, postillón, agita

el látigo inclemente!

y a más andar, el carro diligente

por la orilla del mar se precipita.

No hay peña ni ensenada que en mi mente

no venga a despertar una memoria,

ni hay ola que en la arena humedecida

no escriba con espuma alguna historia

de los alegres tiempos de mi vida,

Todo me habla de sueños y cantares,

de paz, de amor y de tranquilos bienes,

y el aura fugitiva de los mares

que viene, leda, a acariciar mis sienes,

me susurra al oído

con misterioso acento: “Bienvenido”.

Allá van los humildes pescadores

las redes a tender sobre la arena;

dichosos que no sienten los dolores

ni la punzante pena

de los que lejos de la patria lloran;

infelices que ignoran

la insondable alegría

de los que tristes del hogar se fueron

y luego ansiosos, al hogar volvieron.

Son los mismos que un día,

siendo niño admiraba yo en la playa,

pensando, en mi inocencia

que era la humana ciencia,

la ciencia de pescar con la atarraya.

Bien os recuerdo, humildes pescadores,

aunque no a mí vosotros, que en la ausencia

los años me han cambiado y los dolores.

Ya ocultándose va tras un recodo

que hace el camino, el mar, hasta que todo

al fin desaparece.

Ya no hay más que montañas y horizontes,

y el pecho se estremece

al respirar cargado de recuerdos,

el aire puro de los patrios montes.

De los frescos y límpidos raudales

el murmurio apacible;

de mis canoras aves tropicales

el melodiosos trino que resbala

por las ondas del éter invisible;

los perfumados hálitos que exhala

el cáliz áureo y blando

de las humildes flores del barranco;

todo a soñar convida,

y con suave empeño

se apodera del alma enternecida

la indefinible vaguedad de un sueño.

Y rueda el coche, y detrás del las horas

deslízanse ligeras

sin yo sentir, que el pensamiento mío

viaja por el país de las quimeras

y sólo hallan mis ojos sin mirada

los incoloros senos del vacío…

De pronto, al descender de una hondonada,

“¡Caracas, allí está!” dice el auriga,

y súbito el espíritu despierta

ante la dicha cierta

de ver la tierra amiga.

Caracas, allí está; sus techos rojos,

su blanca torre, sus azules lomas

y sus bandas de tímidas palomas

hacen nublar de lágrimas mis ojos.

Caracas, allí está; vedla tendida

a las faldas del Ávila empinado,

odalisca rendida

a los pies del sultán enamorado.

Hay fiesta en el espacio y la campiña,

fiesta de paz y amores:

acarician los vientos la montaña;

del bosque los alados trovadores

su dulce canturía

dejan oír en la alameda umbría;

los menudos insectos en las flores

a los dorados pistilos se abrazan;

besa el aura amorosa al manso Guaire,

y con los rayos de la luz se enlazan

los impalpables átomos del aire.

¡Apura, apura, postillón, Agita

el látigo inclemente!

¡Al hogar, al hogar, que ya palpita

por él mi corazón… ¡mas, no –detente!

¡Oh infinita aflicción! ¡Oh desdichado

de mí, que en mi soñar hube olvidado

que ya no tengo hogar!... Para, cochero,

tomemos cada cual nuestro camino;

tú, al techo lisonjero

do te aguarda la madre, el ser divino

que es de la vida centro y alegría,

y yo … yo al cementerio

donde tengo la mía.

¡Oh insondable misterio

que trueca el gozo en lágrimas ardientes!

¿En dónde está, Señor, esa tu santa

infinita bondad, que así consientes

junto a tanto placer, tristeza tanta?

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II

Madre, aquí estoy; de mi destierro vengo

a darte con el alma el mudo abrazo

que no te pude dar en tu agonía;

a desahogar en tu glacial regazo

la pena aguda que en el pecho tengo

y a darte cuenta de la ausencia mía.

Madre, aquí estoy; en alas del destino

me alejé de tu lado una mañana

en pos de la fortuna

que para ti soñé desde la cuna;

mas, ¡oh suerte inhumana!

Hoy vuelvo, fatigado peregrino,

y sólo traigo que ofrecerte pueda

esta flor amarilla del camino

y este resto de llanto que me queda.

Bien recuerdo aquel día,

que el tiempo en mi memoria no ha borrado;

era de Marzo una mañana fría

y cerraba los cielos el nublado.

Tú en el lecho aún estabas,

triste y enferma y sumergida en duelo,

que con alma de madre contemplabas

el hondo desconsuelo

de verme separar de tu regazo.

Llegó la hora despiadada y fiera,

y con el pecho herido

por dolor hasta entonces no sentido,

fui a darte, madre, mi postrer abrazo

y a recibir tu bendición postrera.

¡Quién entonces pensara

que aquella voz angelical en mi oído

nunca más resonara!

Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,

dijiste al estrecharme contra el pecho:

“Tengo un presentimiento que me dice

que no he de verte más bajo este techo”.

Con supremo esfuerzo desliguéme

de los amantes lazos

que me formaban en redor tus brazos,

y fuera me lancé como quien teme

morir de sentimiento…

¡Oh terrible momento!

Yo fuerte me juzgaba,

mas, cuando fuera me encontré y aislado,

el vértigo sentí de pajarillo

que en la jaula criado,

se ve de pronto en la extensión perdido

de las etéreas salas,

sin saber dónde encontrará otro nido

ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.

Desató el sollozar el nudo estrecho

que ahogaba el corazón en su quebranto,

y se deshizo en llanto

la tempestad que me agitaba el pecho.

Después, la nave me llevó a los mares,

y llegamos al fin, un triste día

a una tierra muy lejos de la mía,

donde en vez de perfumes y cantares,

en vez de cielo azul y verdes palmas,

hallé nieblas y ábregos, y un frío

que helaba los espacios y las almas.

Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,

mas suavizaba el sufrimiento impío

la esperanza de verte

un tiempo no lejano al lado mío.

¡Ay del mortal que ciego

confía su ventura a la esperanza!...

La ley universal cumplióse luego,

y vi en el alma presta,

la mía disiparse

cual mira en lontananza

torcer el rumbo en dirección opuesta

el náufrago al bajel que vio acercarse.

Bien recuerdo aquel día

que el tiempo en mi memoria no ha borrado

era de Marzo otra mañana fría

y los cielos cerraban otro nublado.

Triste, enfermo y sin calma,

en ti pensaba yo cuando me dieron

la noticia fatal que hirió mi alma,

lo que sentí decirlo no sabría…

sólo sé que mis lágrimas corrieron

como corren ahora, madre mía.

Después al mundo me lancé, agitado,

y atravesé océanos y torrentes,

y recorrí cien pueblos diferentes;

tenue vapor del huracán llevado,

alga sin rumbo que la mar flagela,

viento que pasa, pájaro que vuela.

Mucho, madre. He adquirido

mucha experiencia y muchos desengaños,

y también he perdido

toda la fe de is primeros años.

¡Feliz quien como tú ya en esta vida

no tiene que luchar contra la suerte

y puede reposar en la seguida,

inalterable calma de la muerte;

sin ver ni padecer el mal eterno

que nos hiere doquier con saña cruda,

ni llevar en el pecho el frío interno

de la indomable duda!.

¡Feliz quien como tú, con altiveza

reclinó para siempre la cabeza

sobre los lauros del deber cumplido,

cual la reclina, por la muerte herido,

tras el combate rudo

risueño, el gladiador sobre su escudo!.

Esa, madre, es tu gloria

y la alta recompensa de tu historia,

que el premio solo del deber sagrado

que impone el cristianismo

está en el hecho mismo

de haberlo practicado.

Madre, voy a partir: mas parto en clama

y sin decirte adiós, que eternamente

me habrás de acompañar en esta vida;

tú hs muerto para el mundo indiferente,

mas nunca morirás, madre del alma,

para el hijo infeliz que no te olvida.

Y fuera el paso muevo,

y desde su alto y celestial palacio,

su brillo siempre nuevo

derrama el sol cerúleo espacio…

Ya lejos de los tumultos me encuentro,

ya me retiro solitario y triste;

mas ¡ay! ¿a dónde voy? si ya no existe

de hogar y madre el venturoso centro? …

¿a dónde ---¡a la corriente de la vida,

a luchar con las ondas brazo a brazo,

hasta caer en su mortal regazo

con alma en paz y con la frente erguida!.





FLOR

I

Flor se llamaba, flor era ella,

flor de los valles en una palma,

flor de los cielos en una estrella,

flor de mi vida, flor de mi alma.

Era más suave que blanda arena,

era más pura que albor de luna,

y más amante que una paloma,

y más querida que la fortuna.

Eran sus ojos luz de mi idea,

su frente lecho de mis amores,

sus besos eran dulzura hiblea,

y sus abrazos collar de flores.

Era al dormirse tarde serena,

al despertarse rayo del alba,

cuando lloraba limbo de pena,

cuando reía cielo que salva.

La de los héroes ansiada palma,

de los que sufren el bien no visto,

la gloria misma que sueña el alma

de los que esperan en Jesucristo;

Era a mis ojos condena odiosa

si comparada con la alegría,

de ser el vaso de aquella rosa,

de ser el padre de la hija mía.

Cuando en la tarde tornaba al nido

de mis amores, cansado y triste,

con el inquieto cerebro herido

por esta duda de cuanto existe;

Su madre tierna me recibía

con ella en brazos –yo la besaba…

y entonces … todo lo comprendía

y al Dios sentido todo lo fiaba!...

¿Qué el mal existe? --- ¡Delirio craso!

¿Qué hay hechos ruines? --- ¡Error profundo!

¿No estaba en ella mirando acaso

la ley suprema que rige al mundo?

¡Ah! cómo ciega la dicha al hombre,

cómo se olvida que es rey el duelo,

que hay desventuras sin fin ni nombre

que hacen los puños alzar al cielo.

¡Señor! ¿existes? ¿Es cierto que eres

consuelo y premio de los que gimen,

que en tu justicia tan sólo hieres

al seno impuro y al torvo crimen?.

Responde, entonces: ¿por qué la heriste?

¿cuál fue la mancha de su inocencia,

cuál fue la culpa de su alma triste?

¡Señor, respóndeme en la conciencia!

Alta la lleva siempre y abierta,

que en ella nada negro se esconde;

la mano firme llevo a su puerta,

inquiero … y nada, nada responde.

Sólo del alma sale un gemido

de angustia y rabia, y el pecho, en tanto

por mano oculta de muerte herido

se baña en sangre, se ahoga en llanto.

Y en torno sigue la impía calma

de este misterio que llaman vida,

y en tierra yace la flor de mi alma,

y al lado suyo mi fe vencida.

II

¡Allí está! Blanca, blanca

como la nieve virgen que el potente

viento del Norte de la cumbre arranca;

como el lirio que troncha mano impía

orillas de la fuete

que en reflejar su albura se engreía.

¡Allí está! … La suave

primavera pasó; pasó el verano

y la estación poética en que el ave

y las hojas se van; retornó el cano,

pálido invierno con su alegre arreo

de fiesta y de niños, y aún la veo

y la veré por siempre …¡Allí está!... fría

entre rosas tendida, como ella

blancas y puras y en botón cortadas

al despertar el día.

¡Ay! En la hora aquella,

¿dónde estaban las hadas

protectoras del niño?,

que no vinieron con la clara estrella

de su vara de armiño

a tocar en la frente a la hija mía,

a devolver la luz a aquellos ojos,

y a arrancar de mi pecho los abrojos

de esta inmensa agonía,

de este dolor eterno, de esta angustia

infinita, fatal, inmensurable,

de este mal implacable

que deja el alma mustia

para siempre jamás – que nada alcanza

a mitigar en este mundo incierto.

¡Nada! Ni la esperanza

ni la fe del creyente

en la ribera nueva,

en el divino puerto

donde la barca que las almas lleva

habrá de anclar un día;

ni el bálsamo clemente

de la grave, inmortal filosofía;

ni tú misma divina Poesía

que esta arpa de las lágrimas me entregas

para entonar el salmo de mi duelo…

Tú misma, no, no llegas

A calmar mi dolor…

¡Ábrase el cielo!

¡desgájese la gloria en rayos de oro

sobre mi frente … y desdeñosa, altiva

de su mal sin consuelo

al celestial tesoro

el alma mía cerrará su puerta:

que ni aquí, ni allá arriba

en la región abierta

de la infinita bóveda estrellada,

nada hay más grande, nada!

Más grande que el amor de mi hija viva,

Más grande que el dolor de mi hija muerta!

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POEMA DEL NIÁGARA

I

LA LIRA Y EL ARPA

¿Y podrás, lira mía,

en tus débiles cuerdas el rugido

hallar del aquilón; el estampido

retumbante del trueno,

cuando su fragorosa artillería

barre de seno en seno

la combatida bóveda sombría?

¿Podrás el ronco acento

hallar del mar sañudo y turbulento,

y la potente fibra

que en la gigante cítara del viento,

con rudo plectro la tormenta vibra?

¿Podrás, en fin, de Heredia peregrino,

hallar la fuerte, la robusta nota

y el impetuoso grito de entusiasmo,

tú, pobre lira rota,

para alzar inmortal canto divino

al rey de los torrentes,

gala de un mundo y de los hombres pasmo,

Niágara atronador que hoy se levanta

Circundado de glorias esplendentes

Ante mi vista deslumbrada, y llena

El alma mía de pavor sublime,

Y enmudece la voz en mi garganta

Y con su inmensa majestad me oprime?.

¡Qué importa! Si la altiva, la serena

Musa inmortal de Píndaro y Quintana

me negare tirana,

sus divinos favores,

me quedas tú, sombría

diosa de los poéticos dolores,

numen inspirador de la elegía.

Sí, tú me quedarás, tú siempre fuiste,

en el desierto de mi vida triste,

mi columna de sombras por el día

y mi encendida nube por la noche…

Ven a mis manos, pues, ven, arpa mía,

que ya en mi pensamiento abre su broche

bajo el beso fecundo

de la lama inspiración, la flor del canto.

Ven entre llanto y llanto,

a referirle al asombrado mundo

de lo sublime el inmortal poema,

la soberbia belleza que dilata.

En noble aspiración el pecho triste

y la emoción suprema,

y el horror misterioso que sentiste

al borde de la inmensa catarata.

II

EL RÍO

Azul, ancho, sereno,

espejo de los cielos que retrata

en su límpido seno,

de majestuosos pinos coronado,

al blando murmurío

de espumas de cristal y ondas de plata,

sonoro y sosegado,

regando aromas se desliza el río.

Y vagas el viajador por sus riberas

oyendo los suspiros de las aves

y las notas suaves

de las brisas ligeras

que vienen a empujar sobre las ondas

el ancho lino de las blancas naves.

¡Todo es paz en la tierra

Y todo luz en las etéreas blondas!...

¿Oís? … Allá, a lo lejos,

algo como un rumor. Sordo, perdido …

¿Qué será ese ruido?

¿será el viento en la sierra,

precursor de los cárdenos reflejos

del rayo asolador? … No; el horizonte

sereno resplandece, y ni una nube

se cierne sobre el monte.

Escuchad cómo sube…

va creciendo por grados, va creciendo…

ya no es ruido lejano, ya es estruendo

que el ámbito ensordece,

y a medida que crece,

va la linfa perdiendo

su serena quietud; ya las espumas

no son las blandas; las ligeras plumas

que adornaban, graciosas,

la inmaculada frente

de la mansa corriente:

son oleadas ruidosas,

son roncos hervideros bullidores

que rugen, que se encrespan, que batallan,

y al chocarse entre sí, raudos estallan

en mil penachos de irritada espuma

que reflejan del iris los colores.

Y es en vano el luchar; la fuerza suma

de un poder misterioso, oculto, interno,

sin cesar los sacude, los agita

y al fin los precipita

en espumante remolino eterno.

Vórtice arrobador, bello, horroroso,

que hace olvidar, al contemplarlo mudo,

el trueno misterioso

que ya cerca retumba

con ímpetu sañudo…

blanco vapor se eleva

sobre el nivel agua, allá a lo lejos,

do con fuerza mayor el trueno zumba;

y la corriente embravecida lleva

del encumbrado sol a los reflejos,

pinos de sus orillas arrancados

cascos de naves, míseros despojos

por su implacable cólera arrastrados.

De pronto, un torbellino

de vaporosas chispas, invadiendo

el aire cristalino,

en lluvia azotadora el rostro os hiela

y os baña. Y os hostiga y os flagela

al ronco son del pavoroso estruendo…

¡No deis un paso más; cerrad los ojos,

que no os trastorne el vértigo la mente …

bajad por la colina …

ahora abridlos, y postraos de hinojos!.

III

EL TORRENTE

¡Oh espectáculo inmenso! ¡oh sorprendente

panorama de horror y hermosura!

¡oh inenarrable escena peregrina

que a un tiempo el llanto y la sonrisa arranca!

Falta al pecho el aliento; la luz pura

falta a los ojos por exceso de ella,

y la sangre se estanca

y al corazón se agolpa y lo atropella …

¡Oh! ¡Qué sublime horror! El ancho río,

desde escarpada, gigantesca altura,

en toda la extensión de su pujanza,

de súbito se lanza

en el abismo fragoso y frío.

¡Paso!, ¡paso al coloso!

la amedrentada tierra

gime bajo su peso; el poderoso

raudal se precipita,

y tras breve batalla,

cuanto su marcha cierra,

cuanto a sus pies palpita,

colinas, valles, árboles, peñones,

rompe, tala, avasalla,

y triunfador altivo, sus blasones

despliega al orbe que, agitado y mudo

de admiración lo acata;

¡digno blasón de su glorioso escudo:

en campo azul, vorágine de plata!

ved como tiembla la humillada roca

y el combatido centro del abismo

cuando su seno toca

con el rudo fragor de cataclismo

la desprendida mole del torrente

lago de espuma hirviente,

como vasto incensario,

alza eterno plumaje

de flotante y fúlgidos vapores,

en severo homenaje

a la deidad terrible del santuario:

al dios de los abismos bramadores,

al númen dueño del cerrado arcano

que guardan en su seno oscuro y frío

las simas y los antros, y el océano,

las sombras y el vacío.

¿Do te ocultas deidad atronadora?

¿en qué confín perdido del torrente

tienes tu húmedo lecho,

para volar ansioso y diligente

a tu encuentro feliz? Sí, ya la hora

sonó de interrogarte frente a frente;

Sí, yo tengo el derecho,

Como cantor, como hombre,

De venir a tu lóbrego palacio,

de la verdad en nombre ,

a pedirte el secreto del abismo,

ese enigma profundo

que debe ser el mismo

que, no resuelto aún, lleva en el pecho

el mísero mortal en este mundo:

la rebelión, la duda, la agonía

del corazón en lágrimas deshecho …

¡Genio, responde a mi clamor, responde!

¿Por dónde, di, por dónde

se va hasta ti? La fría,

la inmensa, la impetuosa catarata

que en lluvia de diamantes se desata

al descender al antro furibundo,

con su raudal frenético me esconde

los umbrales de plata

de tu oscuro palacio:

el estruendo iracundo

ensordece el espacio,

y la agitada espuma

me azota el rostro y por doquier me abruma.


IV

SUB-UMBRA

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¡Adelante, alma mía!

allí junto al peligro está la boca

de la sima profunda …

¡fe, valor, osadía!

ya el pie resbala en la musgosa roca,

ya la lluvia iracunda

me flagela la frente …

¡este es mi Sinaí relampagueante,

este es mi Oreb ardiente! …

¡Adelante! ¡Adelante!

¡Qué hermosa caverna!

¡Qué espantoso ruido! ¡Aquí tienen su nido

la oscuridad eterna,

el torbellino airado,

la fragorosa espuma,

el Aquilón helado,

la sofocante y cegadora bruma! …

¡Adelante! ¡adelante! ¡Allá en el fondo,

la sombra es más intensa,

el rugido más fuerte,

la atmósfera más densa

y más cerca al espíritu la muerte.

Allí, allí está el hondo

santuario en que se oculta

el dios de la terrible catarata!

¡Cómo llegar a él! … En arco enorme

que en el vórtice hirviente se sepulta,

sobre mi frente pálida, tendida,

cual bóveda de plata,

pasa la mole rápida y deforme

de la corriente al báratro impelida.

Bajo mis pies se escapa

la resbalosa peña

que sirve, artera, de engañosa capa

a la muerte en sus grietas escondida.

El vértice se adueña

de mi turbada mente …

¡un paso más … y terminó la vida!

V

EL ECO

Héme aquí, frente a frente

de la espesa tiniebla desde donde

oírme debe la deidad rugiente

que en su seno se esconde:

--“Dime, genio terrible del torrente,

¿a dónde vas al trasponer la valla

del hondo precipicio,

tras la ruda batalla

de la atracción, la roca y la corriente? …

¿a dónde va el mortal cuando la frente

triunfadora del vicio,

yergue, al bajar a la mundana escoria

en pos de amor y venturanza y gloria?

¿adónde, van, adónde,

su fervoroso anhelo,

tu trueno que retumba? …”

y el eco me responde,

ronco y pausado: ¡tumba!

¡Espíritu de hielo,

que así respondes a mi ruego, dime;

si es la tumba sombría

el fin de tu hermosura y tu grandeza;

el término fatal de la esperanza,

de la fe y la alegría;

del corazón que gime

presa del desaliento y los dolores;

del alma que se lanza

en pos de la belleza,

buscando el ideal y los amores;

después que todo pase,

cuando la muerte al fin, todo lo arrase,

sobre el océano que la vida esconde,

dime qué queda; di, ¿qué sobrenada? …”

y el eco me responde,

triste y doliente: ¡nada!

Entonces, ¿por qué ruges,

magnífico y bravío,

por qué en tus rocas, impetuoso crujes,

y el universo asombras

con tu inmortal belleza,

si todo ha de perderse en el vacío? …

¿Por qué lucha el mortal, y ama, y espera,

y ríe, y goza, y llora y desespera,

si todo, al fin, bajo la losa fría

por siempre ha de acabar? … Dime, ¿algún día,

sabrá el hombre infelice do se esconde

el secreto del ser? ¿Lo sabrá nunca?

y el eco me responde,

vago y perdido: ¡nunca!

¡Adiós, Genio sombrío,

más que tu gruta y tu torrente helado;

no más exijo de tu labio impío,

que al alejarme, triste, de tu lado,

llevo en el cuerpo y en el alma frío.

A buscar la verdad vine hasta el fondo

de tu profunda cueva;

mas, ¡ay!, en vez de la razón ansiada,

un abismo más hondo

mi alma desesperada

en su seno al salir, consigo lleva …

ya sé, ya sé el secreto del abismo

que descubrir quisiera …

es el mismo, es el mismo

que lleva el pensador dentro del pecho:

la rebelión, la duda, la agonía

del corazón en lágrimas deshecho!.

VI

¡HOSANNA!

Y lejos de la gruta el paso guío

contra el azote del raudal luchando.

¡Ya fuera estoy del ámbito sombrío!

¡Oh! ¡Qué bella esa luz! ¡qué hermosa, cuando

salimos del horror de las tinieblas! …

ved como juega en círculo brillante

sobre las blandas nieblas

que circundan la frente del gigante

ved los tintes que toma,

según viene a su encuentro,

ya en penacho de pluma,

ya en velo de cristal o en lluvia fina,

la vaporosa espuma

o el agua cristalina.

Aquí, en el ancho centro,

Ostenta los colores

Del cuello tornasol de la paloma;

Allá es verde esmeralda,

Abajo, azul de límpido zafiro;

Y vista de lo alto,

Es mágica guirnalda

De irisados fulgores,

De la ovación en el revuelto giro

Al pie arrojada del augusto salto.

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¡Quién como tú feliz, Niágara undoso!

¡quién como tú glorioso!

tienes para tu orgullo,

y para orgullo que jamás perece.

De la libre región que se adormece

al rudo son de tu gigante arrullo,

un continente, un mundo por imperio,

el abismo por trono,

por escabel la sombra y el misterio;

por himno de victoria

del trueno eterno el pavoroso tono;

la hermosura suprema

por cetro de tu gloria;

el iris rutilante por diadema;

por incienso, el vapor de hirviente plata

que, en elástica nube,

eternamente sube

del hondo seno oculto

al choque de la rauda catarata;

por sacerdotes sumos de tu culto

los genios de la tierra,

la lira y los pinceles;

y por vasallos fieles

las razas, las naciones

y las generaciones

de asombro mudas, que el planeta encierra.

VII

HOMBRE Y ABISMO

¡Quién como tú, feliz Niágara undoso!

¡quién como tú, glorioso!

mas a pesar de tu insólita belleza,

a pesar de tu indómita fiereza

de tu trueno, y tu vórtice, y tu bruma,

a pesar de tu indómita fiereza

y tu poder sin nombre,

¡tú no eres más que yo, ni más que el hombre!

Tú eres la imagen viva

de la proscrita humanidad altiva;

tú eres el hombre mismo

en escala aumentada;

por eso, cuando ansioso de adueñarme

del secreto del ser baje a tu abismo,

¿Pudiste acaso darme

la clave deseada …?

Nada supiste responderme, nada;

que lo que el hombre ignora

lo ignoras tú también:

Tras el radiante

velo de tu hermosura arrobadora

escondes tú de la mortal mirada

tu musgo, tu pantano,

tu limo y tus horribles asperezas;

y el infeliz humano,

detrás de sus quiméricas grandezas,

oculta, agonizante,

la inocencia perdida

y el fango y las miserias de la vida.

Tú sales rumoroso, azul, sereno,

de las fuentes del río,

y luego impetuoso, desbordado,

te despeñas, colérico, en el seno

del abismo sombrío;

así el niño mimado

sale puro, inocente,

de bajo el ala maternal; mas, luego,

el pecado lo arrastra en su corriente

de calcinante fuego,

y víctima del mal y las pasiones,

rueda al fin, inconsciente,

del dolor a las lóbregas regiones.

Tú tienes tus vapores deslumbrantes,

tus nubes ondulantes

que, audaces, un momento el aire hienden

por subir al azul, y al fin, cansadas,

tras vano batallar, raudas descienden

en gotas sin color al centro frío;

también el hombre tiene sus doradas,

flotantes ilusiones,

sus locas ambiciones

que lanza, alucinado, en el vacío

de sus sueños quiméricos; vapores

que bajan luego en lluvia de dolores,

en lágrimas heladas a su frente …

Tú tienes tu estridente,

Fatídico rugido,

Tus simas, tus cavernas,

En donde el viento brama,

En donde da la ola

con lúgubre ruido;

En el alma del hombre

desesperada y sola,

tienen también su nido

la duda, las internas

rebeliones sin nombre;

el ara húmeda y fría

de la apagada llama

do la fe un tiempo ardía;

cenizas de memorias

ya en fango transformadas,

de sueños y de glorias,

de cerúleos amores,

de esperanzas rosadas

de apariciones blondas …

¡simas tal vez más hondas

que todos tus horrores!

Tú ostentas en tu frente majestuosa

el iris luminoso de los cielos

que en círculo te ciñe, cual diadema

de oro y zafir, y de esmeralda y rosa

y al hombre triste, en medio de los duelos

de su lucha suprema,

lo corona en señal de nueva alianza

el iris del amor y la esperanza.

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3 comentarios:

  1. Amiga: hermosa antología poética para nuestros estudiantes. Cariños.

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  2. Gracias por incluir el poema del Niágara completo. Es muy dificil de conseguir, sólo se encuentra el canto V. Y gracias por esta página :), Venezuela necesita más gente con propuestas chéveres como esta.

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