miércoles, 12 de mayo de 2010

ALGUNOS POEMAS DE ANDRÉS BELLO






PRIMERA ETAPA (Caraqueña)

EL ANAUCO

Irrite la codicia

por rumbos ignorados

a la sonante Tetis

y bramadores austros

el pino que habitaba

del Betis afortunado

las márgenes amenas

vestidas de amaranto,

impunemente admire

los deliciosos campos

del Ganges caudaloso,

de aromas coronado.

Tú, verde y apacible

ribera del Arauco,

para mí más alegre,

que los bosques idalios

y las vegas hermosas

de la plácida Pafos,

resonarás continuo

con mis humildes cantos;

y cuando ya mi sombra

sobre el funesto barco

viste del Erebo

los valles solitarios,

en tus umbrías selvas

y retirados antros

erraré cual un día,

tal vez abandonando

la silenciosa margen

de los estigios lagos.

La turba dolorida

de los pueblos cercanos

evocará mis males

con lastimero llanto;

y ante la triste tumba,

de funerales ramos

vestida y olorosa

con perfumes indianos

dice llorando Filis;

“aquí descansa Fabio”

¡Mil veces venturoso!

Pero, tú desdichado,

por bárbaras naciones

lejos del clima patrio

débilmente vaciles

al peso de los años

Devoren tu cadáver

los canes sanguinarios

que apacienta Caribdis

en sus rudos peñascos;

ni aplaque tus cenizas

con ayes lastimeros

la pérdida consorte

ceñida de otros brazos.



SEGUNDA ETAPA (Londinense)




ALOCUCIÓN A LA POESÍA

Divina Poesía

tú de la soledad habitadora,

a consultar tus cantos enseñada

con el silencio de la selva umbría

tú a quien la verde gruta fue morada,

y el eco de los montes compañía;

tiempo es que dejes ya la culta Europa

que tu nativa rustiquez desama,

y dirijas el vuelo adonde te abre

el mundo de Colón su grande escena.

También propicio allí respeta el cielo

la siempre verde rama

con que el valor coronas;

también allí la florecida vega,

el bosque enmarañado, el sesgo río,

colores mil a tus pinceles brindan;

y Céfiro revuela entre las rosas;

y fúlgidas estrellas

tachonan la carroza de la noche;

y el rey del cielo entre cortinas bellas

de nacaradas nubes se levanta;

y la avecilla en no aprendidos tonos

con dulce pico endechas de amor canta.

¿Qué a ti, silvestre ninfa, con las pompas

de dorados alcázares reales?

¿A tributar también irás con ellos

en medio de la turba cortesana

el torpe incienso de servil lisonja?

No tal te vieron tus más bellos días,

cuando en la infancia de la gente humana,

maestra de los pueblos y de los reyes,

cantaste al mundo las primeras leyes.

No te detenga, oh diosa,

esta región de luz y de miseria

en donde tu ambiciosa

rival Filosofía

que la virtud a cálculo somete

de los mortales te ha usurpado el culto;

donde la coronada hidra amenaza

traer de nuevo al pensamiento esclavo

la antigua noche de barbarie y crimen;

donde la libertad, vano delirio,

fe la servilidad, grandeza el fasto,

la corrupción cultura se apellida.

Descuelga de la encina carcomida

tu dulce lira de oro, con que un tiempo

los prados y las flores, el susurro

de la floresta opaca, el apacible

murmurar del arroyo transparente,

las gracias atractivas

de Natura inocente

a los hombres cantaste embelesados;

y sobre el vasto Atlántico tendiendo

las vagorosas alas, a otro cielo,

a otro mundo, a otras gentes te encamina,

do viste aún su primitivo traje

la tierra, al hombre sometida apenas;

y las riquezas de los climas todos

América del Sol joven esposa,

del antiguo Océano hija postrera,

en su seno feraz cría y esmera.

¿Qué morada te aguarda? ¿qué alta cumbre,

qué prado ameno, qué repuesto bosque

harás tu domicilio? ¿en qué felice

playa estampada tu sandalia de oro

será primero? ¿dónde el claro río

que de Albión los héroes vio humillados,

los azules pendones reverbera

de Buenos Aires, y orgulloso arrastra

de cien potentes aguas los tributos

al atónito mar? ¿o dónde emboza

su doble cima el Ávila, entre nubes

y la ciudad renace de Losada.

¿O más te sonreirán, Musa, los valles

de Chile afortunado, que enriquecen

rubias cosechas y suaves frutos;

de la inocencia y el candor ingenuo

y la hospitalidad del mundo antiguo

con el valor y el patriotismo habitan?

¿O la ciudad que el águila posada

sobre el nopal mostró al azteca errante,

y el suelo de inexhaustas venas rico,

que casi hartaron la avarienta Europa?

Ya de la mar del Sur la bella reina,

a cuyas hijas dio la gracia en dote

Naturaleza, habitación te brinda

bajo su blando cielo, que no turban

lluvias jamás, ni embravecidos vientos.

¿O la elevada Quito

harás tu albergue, que entre canas cumbres

sentada, oye bramar las tempestades

bajo sus pies, y etéreas auras bebe

a tu celeste inspiración propicias?

Mas oye do tronando se abre paso

entre murallas de peinada roca,

y envuelto en blanca nube de vapores,

de vacilantes iris matizada,

los valles va a buscar del Magdalena

con salto audaz el Bogotá espumoso.

Allí memorias de tempranos días

tu lira aguarda; cuando, en ocio dulce

y nativa inocencia venturosos,

sustento fácil dio a sus moradores,

primera prole de su fértil seno,

Cundinamarca: antes que el corvo arado

violase el suelo, ni extranjera nave

las apartadas costas visitara.

Aún no aguzado la ambición había

el hierro atroz; aún no degenerado

buscaba el hombre bajo oscuros techos

el albergue, que grutas y florestas

saludable le daban y seguro,

sin que señor la tierra conociese,

los campos valla, ni los pueblos muro.

La libertad sin leyes florecía,

Todo era paz, contento y alegría;

Cuando de dichas tantas envidiosa

Huitaca bella, de las aguas diosa,

hinchado el Bogotá, sumerge el valle.

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Ve, pues, a celebrar las maravillas

del ecuador: canta el vistoso cielo

que de los astros todos los hermosos

coros alegran; donde a un tiempo el vasto

Dragón del norte su dorada espira

desvuelve en torno al luminar inmóvil

que el rumbo al marinero audaz señala,

y la paloma cándida de Arauco

en las australes ondas moja el ala.

Si tus colores los más ricos mueles

y tomas el mejor de tus pinceles,

podrás los climas retratar, que entero

el vigor guardan genital primero

con que la voz omnipotente, oída

del hondo caos, hinchó la tierra, apenas

sube su informe faz aparecida

y de verdura la cubrió y de vida.

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En densa muchedumbre

ceibas, acacias, mirtos se entretejen

bejucos, vides, gramas;

las ramas a las ramas

pugnando por gozar de las felices

auras y de la luz, perpetua guerra

hacen, y a las raíces

angosto viene el seno de la tierra.

¡Oh quién contigo, amable Poesía,

del Cauca a las orillas me llevara,

y el blando aliento respirar me diera

de la siempre lozana primavera

que allí su reino estableció y su corte!

¡Oh si ya de ciudades enojosos

exento, por las márgenes amenas

del Aragua moviese

el tardo incierto paso;

o reclinado acaso

bajo una fresca palma en la llanura,

viese arder en la bóveda azulada

tus cuatro lumbres bellas,

oh Cruz del Sur, que las nocturnas horas

mides al caminante

por la espaciosa soledad errante;

o del cucuy las luminosas huellas

viese cortar el aire tenebroso,

y del lejano tambo a mis oídos

viniera el son del yaraví amoroso.

Tiempo vendrá cuando de ti inspirado

algún Marón americano ¡oh diosa!

también las mieses, los rebaños cante,

el rico suelo al hombre avasallado,

y las dádivas mil con que la zona

de Febo amada al labrador corona;

donde cándida miel llevan las cañas.

y animado carmín la tuna cría,

donde tremola el algodón su nieve,

y el ananás sazona su ambrosía;

de sus racimos la variada copia

rinde el palmar, de azucarados globos

el zapotillo, su manteca ofrece

la verde palta, da el añil su tinta,

bajo su dulce carga desfallece

el banano, el café el aroma acendra

de sus albos jazmines, y el cacao

cuaja en urnas de púrpura su almendra.

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Mas ¡ah! ¿prefieres de la guerra impía

los horrores decir, y al son del parche

que los maternos pechos estremece,

pintar las huestes que furiosas corren

a destrucción, y el suelo hinchen de luto?

¡Oh si ofrecieses menos fértil tema

a bélicos cantares, patria mía!

¿Qué ciudad, qué campiña no ha inundado

la sangre de tus hijos y la ibera?

¿Qué páramo no dio en humanos miembros

pasto el cóndor? ¿Qué rústicos hogares

salvar su oscuridad pudo a las furias

de la civil discordia embravecida?.

Pero no en Roma obró prodigio

el amor de la patria, no en la austera

Esparta, no en Numancia generosa;

ni de la historia da página alguna,

Musa, más altos hechos a tu canto.

¿A qué provincia el premio de alabanza,

o a qué varón tributarás primero?

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LA AGRICULTURA DE LA ZONA TÓRRIDA

¡Salve, fecunda zona,

que al sol enamorado circunscribes

el vago curso, y cuanto ser se anima

en cada vario clima,

acariciada de su luz, concibes!

Tú tejes al verano su guirnalda

de granadas espigas; tú la uva

das a la hirviente cuba;

no de purpúrea fruta, o roja o gualda,

a tus florestas bellas

falta matiz alguno; y bebe en ellas

aromas mil al viento;

y greyes van sin cuento

paciendo tu verdura, desde el llano

que tiene por lindero el horizonte,

hasta el erguido monte

de inaccesible nieve siempre cano.

Tú das la caña hermosa,

de do la miel acendra,

por quien desdeña el mundo los panales;

tú en urnas de coral cuajas la almendra

que en la espumante jícara rebosa;

bulle carmín viviente en tus nopales,

que afrenta fuera al múrice de Tiro;

y de tu añil la tinta generosa

émula es de la lumbre de zafiro.

El vino es tuyo, que la herida agave

para los hijos vierte

del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,

que, cuando suave

humo en espiras vagorosas huya,

solazará el fastidio al ocio inerte.

Tú vistes de jazmines

el arbusto sabeo

y el perfume le das, que en los festines

la fiebre insana templará a Lieo.

Para tus hijos la procera palma

su vario feudo cría,

y el ananás sazona su ambrosía;

su blanco pan la yuca;

sus rubias pomas la patata educa;

y el algodón despliega al aura leve

las rosas de oro y el vellón de nieve.

Tendida para ti ls fresca parcha

en enramadas de verdor lozano,

cuelga de sus sarmientos trepadores

nectáreos globos y franjadas flores;

y para ti el maíz, jefe altanero

de la espigada tribu, hincha su grano;

y para ti el banano

desmaya al peso de su dulce carga;

el banano, primero

de cuantos concibió bellos presentes

Providencia a las gentes

del ecuador feliz con mano larga.

No ya de humanas artes obligado

el premio rinde opimo;

no es a la podadera, no al arado

deudor de su racimo;

escasa industria bástale, cual puede

hurtar a sus fatigas mano esclava;

crece veloz, y cuando exhausto acaba,

adulta prole en torno le sucede.

Mas ¡oh! ¡si cual no cede

el tuyo, fértil zona, a suelo alguno.

y como de natura esmero ha sido,

de tu indolente habitador lo fuera!

¡Oh! ¡si al falaz rüido

la dicha al fin supiese verdadera

anteponer, que del umbral le llama

del labrador sencillo,

lejos del necio y vano

fasto, el mentido brillo,

el ocio pestilente ciudadano!

¿Por qué ilusión funesta

aquellos que fortuna hizo señores

de tan dichosa tierra y pingüe y varia,

al ciudadano abandonan

y a la fe mercenaria

las patrias heredades,

y en el ciego tumulto se aprisionan

de míseras ciudades,

do la ambición proterva

sopla la llama de civiles bandos,

o al patriotismo la desidia enerva;

do el lujo las costumbres atosiga,

y combaten los vicios

la incauta edad en poderosa liga?

No allí con varoniles ejercicios

se endurece el mancebo a la fatiga;

mas la salud estraga en el abrazo

de pérfida hermosura,

que pone en almoneda los favores;

mas pasatiempo estima

prender aleve en casto seno el fuego

de ilícitos amores;

o embebecido le hallará la aurora

en mesa infame de ruinoso juego.

En tanto a la lisonja seductora

del asiduo amador fácil oído

da la consorte; crece

en la materna escuela

de la disipación y el galanteo

la tierra virgen, y al delito espuela

es antes el ejemplo que el deseo.

¿Y será que se formen de ese modo

los ánimos heroicos denodados

que fundan y sustentan los estados?

¿De la algazara del festín beodo,

o de los coros de liviana danza

la dura juventud saldrá, modesta,

orgullo de la patria, y esperanza?

¿Sabrá con firme pulso

de la severa ley regir el freno;

brillar en torno aceros homicidas

en la dudosa lid verá sereno;

o animoso hará frente al genio altivo

del engreído mando en la tribuna,

aquel que ya en la cuna

durmió al arrullo del cantar lascivo

que riza el pelo, y se unge, y se atavía

con femenil esmero,

y en indolente ociosidad el día,

o en criminal lujuria pasa entero?

No así trató la triunfadora Roma

las artes de la paz y de la guerra;

antes fio las riendas del estado

a la mano robusta

que tostó el sol y encalleció el arado;

y bajo el techo humoso campesino

los hijos educó, que el conjurado

mundo allanaron al valor latino.

¡Oh! ¡los que afortunados poseedores

habéis nacido de la tierra hermosa,

en que reseña hacer de sus favores,

como para ganaros y atraeros,

quiso Naturaleza bondadosa!

romped el duro encanto

que os tiene entre murallas prisioneros.

El vulgo de las artes laborioso,

el mercader que necesario al lujo

al lujo necesita,

los que anhelando van tras el señuelo

del alto cargo y del honor ruidoso,

la grey de aduladores parasita,

gustosos pueblen ese infecto caos;

el campo es vuestra herencia; en él gozaos.

¿Amáis la libertad? El campo habita

no allá donde el magnate

entre armados satélites se mueve,

y de la moda universal señora,

va la razón al triunfal carro atada,

y a la fortuna la insensata plebe,

y el noble al aura popular adora.

¿O a la virtud amáis? ¡Ah que el retiro,

la solitaria calma

en que, juez de sí misma, pasa el alma

a las acciones, muestra

es de la vida la mejor maestra!

¿Buscáis durables goces,

felicidad, cuanta es al hombre dada

y a su terreno asiento, en que vecina

está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! Siempre

donde halaga la flor, punza la espina?

Id a gozar la suerte campesina;

la regalada paz, que ni rencores

al labrador, ni envidias acibaran;

la cama que mullida le preparan

el contento, el trabajo, el aire puro;

y el sabor de los fáciles manjares,

que dispendiosa gula no le aceda;

y el asilo seguro

de sus patrios hogares

que a la salud y al regocijo hospeda.

El aura respirad de la montaña,

que vuelve al cuerpo laso

el perdido vigor, que a la enojosa

vejez retarda el paso.

Y el rostro a la beldad tiñe de rosa.

¿Es allí menos blanda por ventura

de amor la llama, que templó el recato?

¿O menos aficiona la hermosura

que de extranjero ornato

y afeites impostores no se cura?

¿O el corazón escucha indiferente

el lenguaje inocente

que los afectos sin disfraz expresa,

y a la intención ajusta la promesa?

No del espejo al importuno ensayo

la risa se compone, el paso, el gesto;

ni falta allí carmín al rostro honesto

que la modestia y la salud colora,

ni la mirada que lanzó al soslayo

tímido amor, la senda al alma ignora.

¿Esperaréis que forme

más venturosos lazos himeneo,

do el interés barata,

tirano del deseo,

ajena mano y fe por nombre o plata,

que do conforme gusto, edad conforme,

y elección libre, y mutuo ardor los ata?

Allí también deberes

hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas

heridas de la guerra; el fértil suelo,

áspero ahora y bravo,

el desacostumbrado yugo torne

del arte humana y le tribute esclavo.

Del obstrüido estanque y del molino

recuerden ya las aguas el camino;

el intricado bosque el hacha rompa,

consuma el fuego; abrid en luengas calles

la oscuridad de su infructuosa pompa.

Abrigo den los valles

a la sedienta caña;

la manzana y la pera

en la fresca montaña

el cielo olviden de su madre España;

adorne la ladera

el cafetal; ampare

a la tierna teobroma en la ribera

la sombra maternal de su bucare;

aquí el vergel, allá la huerta ría…

¿Es ciego error de ilusa fantasía?

Ya dócil a tu voz, agricultura,

nodriza de las gentes, la caterva

servil armada va de corvas hoces.

Mírola ya que invade la espesura

de la floresta opaca; oigo las voces,

siento el rumor confuso; el hierro suena,

los golpes el lejano

eco redobla; gime el ceibo anciano,

que a numerosa tropa

largo tiempo fatiga;

batido de cien hachas, se estremece,

estalla al fin, y rinde el ancha copa.

Huyó la fiera; deja el caro nido,

deja la prole implume

el ave, y otro bosque no sabido

de los humanos va a buscar doliente…

¿Qué miro? Alto torrente

de sonora llama

corre, y sobre las áridas rüinas

de la postrada selva se derrama.

El raudo incendio a gran distancia brama

y el humo en negro remolino sube,

aglomerando nube sobre nube.

Ya de lo que antes era

verdor hermoso y fresca lozanía,

sólo difuntos troncos,

sólo cenizas quedan: monumento

de la dicha mortal, burla del viento.

Mas al vulgo bravío

de las tupidas plantas montaraces

sucede ya el fructífero plantío

en muestra ufana de ordenadas haces.

Ya ramo a ramo alcanza,

y a los rollizos tallos hurta el día;

ya la primera flor devuelve el seno,

bello a la vista, alegre a la esperanza:

a la esperanza, que riendo enjuga

del fatigado agricultor la frente,

y allá a lo lejos el opimo fruto,

y la cosecha apañadora pinta,

que lleva de los campos el tributo,

colmado el cesto, y con la falda en cinta,

y bajo el peso de los largos bienes

con que al colono acude,

hace crujir los vastos almacenes.

¡Buen Dios! No en vano sude,

mas a merced y a compasión te mueva

la gente agricultora

del ecuador, que del desmayo triste

con renovado aliento vuelve ahora,

y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,

tantos años de fiera

devastación y militar insulto,

aún más que tu clemencia antigua implora.

Su rústica piedad, pero sincera,

halle a tus ojos gracia; no el risueño

porvenir que las penas le aligera,

cual de dorado sueño

visión falaz. Desvanecido llore;

intempestiva lluvia ni maltrate

el delicado embrión; el diente impío

del insecto roedor no lo devore;

sañudo vendaval no lo arrebate,

ni agote al árbol el materno jugo

la calorosa sed de largo estío.

Y pues al fin te plugo

árbitro de la suerte soberano,

que, suelto el cuello de extranjero yugo,

irguiese al cielo el hombre americano,

bendecida de ti se arraigue y medre

su libertad; en el más hondo encierra

de los abismos la malvada guerra,

y el miedo de la espada asoladora

al suspicaz cultivador no arredre

del arte bienhechora,

que las familias nutre y los estados;

la azorada inquietud deje las almas,

deje la triste herrumbre los arados.

Asaz de nuestros padres malhadados

expiamos la bárbara conquista.

¿Cuántas doquier la vista

no asombran erizadas soledades,

do cultos campos fueron, do ciudades?

De muertes, proscripciones,

suplicios, orfandades,

¿quién contará la pavorosa suma?

Saciadas duermen ya de sangre ibera

las sombras de Atahualpa y Montezuma.

¡Ah! desde el alto asiento,

en que escabel te son alados coros

que velan en pasmado acatamiento

la faz ante la lumbre de tu frente,

(si merece por dicha una mirada

tuya la sin ventura humana gente),

el ángel nos envía,

el ángel de la paz, que al crudo ibero

haga olvidar la antigua tiranía

y acatar reverente el que a los hombres

sagrado diste, imprescriptible fuero;

que alargar le haga al injuriado hermano,

(¡ensangrentóla asaz!) la diestra inerme;

Y si la innata mansedumbre duerme,

La despierte en el pecho americano.

El corazón lozano

que una feliz oscuridad desdeña,

que en el azar sangriento del combate

alborozado late

y codicioso de poder o fama,

nobles peligros ama;

baldón estime sólo y vituperio

el prez que de la patria no reciba,

la libertad más dulce que el imperio,

y más hermosa que el laurel la oliva.

Ciudadano el soldado,

deponga de la guerra la librea;

el ramo de victoria

colgado al ara de la patria sea,

y sola adorne el mérito la gloria.

De su triunfo entonces, Patria mía

verá la paz el suspirado día;

la paz, a cuya vista el mundo llena

alma, serenidad y regocijo;

vuelve alentado el hombre a la faena,

alza el ancla la nave, a las amigas

auras encomendándose animosa;

enjámbrase el taller, hierve el cortijo,

y no basta la hoz a las espigas.

¡Oh jóvenes naciones, que ceñida

alzáis sobre el atónito accidente

de tempranos laureles la cabeza!

honrad el campo, honrad la simple vida

del labrador, y su frugal llaneza.

Así tendrán en vos perpetuamente

la libertad morada,

y freno la ambición, y la ley templo.

Las gentes a la senda

de la inmortalidad, ardua y fragosa,

se animarán, citando vuestro ejemplo.

Lo emulará celosa

vuestra posteridad; y vuestros nombres

añadiendo la fama

a los que ahora aclama,

“hijos son éstos, hijos,

(pregonará a los hombres)

de los que vencedores superaron

de los Andes la cima;

de los que en Boyacá, los que en la arena

de Maipo, y en Junín, y en la campaña

gloriosa de Apurima,

postrar supieron al león de España”.



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