viernes, 7 de mayo de 2010

LA SILVA CRIOLLA DE FRANCISCO LAZO MARTÍ




Invitación

(A un bardo amigo)

Es tiempo de que vuelvas;

es tiempo de que tornes…

No más de insano amor en los festines

con mirto y rosas y pálidos jazmines

tu pecho varonil, tu pecho exornes.

Es tiempo de que vuelvas…

Tu alma –pobre alondra—se desvive

por el beso de amor de aquella lumbre

deleite de sus alas. Desde lejos

la nostalgia te acecha. Tu camino

se borrará de súbito en su sombra…

Y voz doliente de las horas tristes,

y del mal de vivir oculto dardo,

el recuerdo que arraiga y nunca muere,

el recuerdo que hiere,

hará sangrar tu corazón, ¡oh Bardo!

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Ven de nuevo a tus pampas. Abandonada

el brumoso horizonte

que de apiñadas cumbres se corona.

Lejos del ígneo monte

ven a colgar tu tienda. Ven felice,

ven a dormir en calma tus quebrantos,

y como el sol de la desierta zona

en viva inspiración ardan tus cantos.

Guárdate de las cumbres…

Colosales, enhiestas y sombrías

las montañas serán eternamente

la hermosa pantalla de tus días.

Deja para otra gente

el gozo de mirar picos abruptos,

y queden para ti las alegrías

de ver, al despertar, alba naciente,

y de abrazar con sólo una mirada,

de Sur al Septentrión. Y del Ocaso

hasta el fúlgido Oriente

la línea, el ancho lote, siempre al raso

de la tierra natal.

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¡Libra tu juventud! El rumbo tuerce

de la fastuosa vía

en la que el vicio su atracción ejerce

y se tiñe de rosa la falsía

donde el amor procaz vive a su antojo

y cubierta de pámpanos la frente

celebra en la locura del despojo

parda penumbra y carnación turgente.

Si es oro la lisonja al bravo y fiero

Señor –de cuantos míseros se humillan—

desprecia el arte vil, por lisonjero,

en que nombres y almas se mancillan;

y si quieres al fin que no te alcance

de la vergüenza el dardo,

de igual manera que al hirviente cardo,

a la pasión venal esquiva el lance.

Es tiempo de que vuelvas,

es tiempo de que tornes.

No más de insano amor en los festines

con mirto y rosa y pálidos jazmines

tu pecho varonil, tu pecho exornes.

I

Torna a soplar del Este

el viento alegre y zumbador. Ondea

cual agitada veste

el sedoso follaje. El sol orea

la charca pantanosa,

y por el reino de la luz pasea

legión de garzas de plumaje rosa.

Florecer es amar… Sobre la falda

de las toscas malezas entreteje

la parásita en flor, áurea guirnalda;

cuelga blanco vellón, de su costado

el nido comenzado;

regio collar de abiertas campanillas

la trepadora mazadaza enreda,

y en dos porciones de oraza rota,

despide al aura leda,

del nevado cairel de su bellota

trenza brillante el orozul de seda.

Tras la menuda flor cuaja el uvero

su gajo tempranero;

sus nacarados frutos en el limo

el punzador curujujul engendra;

la maya erige colosal racimo

y desprende el merey sabrosa almendra;

señuelo de su copa en lozanía,

escondidos granates el orore

en mil estuches cría;

emulando la escarcha

el espinito su jazmín estera,

y del verde mogote en la cimera

abre su flor simbólica la parcha.

En el aire, en la luz, en cuanto vive,

amor su aliento exhala;

y su aliento febril –tras el espeso

ramaje que es baluarte y es escala—

estremece del pájaro travieso

el mullido pulmón bajo del ala.

Torrente luminoso

de cumbre cenital se precipita;

del árbol generoso

la regalada sombra al sueño invita;

por el margen del caño

espárcese el rebaño;

tiemblan reverberando los confines,

y borracha de sol y miel llanera,

celeste mariposa mensajera

batiendo va sus cuatro banderines.

II

Ya no viene bramando cual solía

al declinar el día,

por uno y otro rumbo la vacada;

ni plantado en mitad del paradero

escarba y muge fiero

el toro padre de cerviz cuajada.

Ya no turba el reposo de los hatos

madrugador lucero;

ni despiertan el eco adormecido

el amante reclamo del bramido

a la par de la copla del vaquero.

A más benigno suelo,

a más fértil región de aguas profundas

y de lucientes pastos regalados,

a las islas distantes y fecundas,

fuéronse al fin pastores y ganados.

¡Cantando una tonada clamorosa

y bajo el fiero sol de la sabana,

al paso lento de la res morosa

con rumbo al Sur cruzó la caravana!

III

Ya dos veces, monstruoso y despiadado

sobre la tierra pródiga, el incendio

su abanico flamante ha desplegado;

ya dos veces, por furias impelido,

las yerbas infecundas

su aliento abrasador ha consumido;

y de pie sin cejar, y frente a frente

con el río que impasible está delante,

humo y llamas lanzando su turbante

ha brillado en las noches del desierto

como si fuera un faro ignipotente

clavado en la ribera de un mar muerto.

En línea de combate, a campo raso,

pronta la garra, la mirada alerta,

hambrientos gavilanes, paso a paso,

asediaron del fuego la reyerta.

Consume aún su aliento las entrañas

de los troncos vetustos;

fluye sutil fermento de las cañas

y blanda mirra lloran los arbustos.

Coronando el pavés de la macolla

sangriento cardenal bate sus alas;

las consumidas galas

vertiginoso remolino arrolla;

y sobre el lienzo oscuro del quemado,

de perfiles grotescos,

la ceniza y el aura han dibujado

flores grises y rotos arabescos.

Cuando mengüe la Luna habrá verdores

en el fresco bajío;

y cerriles hatajos corredores

y venado bisoño,

en las tempranas horas del rocío

alegres pacerán tiernos retoños.

IV

La riente primavera,

Primavera fugaz, del sol amiga;

La que lluvia de flores le prodiga

Al monte y la pradera,

También como la hierba al pobre arbusto

la primorosa dádiva recibe,

y de su escasa floración primera

el botón más hermoso

prende sobre el cabello revoltoso

la inocente muchacha sabanera.

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¡Oh florida estación! Haced que nunca

turbe dolor violento

la paz de mis nacientes alegrías…

Y cuando vuele al fin mi pensamiento,

cuando vuele hacia allá, cuando yo muera,

que sea su compañera

la más brillante aurora de tus días!.

V

En estas dulces tardes veraniegas,

cuando el sol, que se va, desde lejano

purpurino confín, luz moribunda

esparce por el llano,

y del boscaje todo rumoroso,

y de un amor desconocido en alas,

por el aire sutil suben serenas

la canción funeral de las chicharras

y la ronca canción de las colmenas;

cuando apaga el purpúreo sangriento

y brota el color gris al horizonte

baña de nuevo en rojo

la columna de fuego que calcina

la tostada maleza del rastrojo.

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VI

Al tornar frescos hálitos del Norte,

del país de la nieve,

en junco silbador y hora leve

tendrá el estero florida corte.

Al pie de sus ganados,

y cuando caiga la primera bruma,

volverán los pastores emigrados;

volverán las vacadas

a repletar las cercas, y de espuma

a coronar los botes,

la linfa de las ubres ordeñadas.

Concertará de nuevo la alegría

el coro de las voces;

tras la recia labor –ya muerto el día—

caballeros veloces

partirán la amorosa romería;

y al calor del brasero,

cuando la noche pavorosa avance,

cantando irán de trovador llanero

la copla, el tono triste y el romance.

VII

Sin amor, sin deber ¿qué existencia?

¡Es tiempo aún de combatir! Procura,

Oh Bardo sin ventura,

Que cese al fin tu dilatada ausencia!

¡Es tiempo aún de combatir! Acude,

ven a luchar con juveniles bríos

por el bien de la raza cuyos lares

consagra el almo sol junto a los ríos

y cerca de los próvidos palmares.

Por el bien de la raza que abandona

El rincón sin azares…

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Por amor a tu raza en desventura;

por esta pobre tierra,

que el maléfico genio de la guerra

convierte ya en enorme sepultura;

por estos seres buenos y sencillos;

por este pueblo amado,

que vive –noble víctima—entregado

a la ciega ambición de los caudillos.

VIII

Tus pasos vulva hacia el hogar, ¡oh Bardo!

Yace por tierra el matizado velo

con el cual primavera engalanaba

los montes de tu suelo.

Cantando sin reposo la guacaba

pide lluvias al cielo,

conquistan con la fuerza y la osadía

nidos para el invierno los turpiales;

en los ralos matales

mueve el amor trinada algarabía;

y con tesón rayano en el enojo,

en la verde oquedad de la montaña

el carpintero de bonete rojo

cincela el tronco hasta la dura entraña.

Nueva decoración y nuevo encanto

lucen las atrayentes lejanías

que tu espíritu amó con amor santo.

Grises tapicerías

cubren el horizonte. La llanura

tiene otra vez reverdecido manto.

Como en aquellos días

del venturoso tiempo ya lejano,

en pos de mis pasadas alegrías,

vuelvo a tender la vista sobre el llano.

Caído en la remota lontananza

sin su manto de gloria,

el moribundo sol parece un cirio

que alumbrase honda cámara mortuoria.

El viento, sin rumor, apenas risa

la silente laguna en cuyo espejo

invisible dolor vertió ceniza;

y con vuelo despacio,

de la tarde a los pálidos reflejos,

las garzas que se irán, que se irán lejos,

pueblan de cruces blancas el espacio.

Hoy como ayer, andando a la ventura,

absorta la mirada, lento el paso,

trayendo margaritas del Ocaso,

miro bajar la noche a la llanura.

Mas de pronto pensando que fue triste,

pensando con dolor, pensando en ella,

me arrodillo en el polvo del camino

que en hora igual de gozo vespertino

recibió las caricias de su huella.

¡Oh destino de todos los que amaron!

¡Oh destino cruel! ¡Tú me condenas

a buscar en las móviles arenas

unas huellas que ha tiempo se borraron!

Llanura o cielo, cúspide o abismo;

¡santa Naturaleza!

para el dolor que vivo en tu grandeza

¿cuál palabra mejor que tu mutismo?

¡Oh Madre! El áureo broche de tus días,

y tus campos que amó la primavera,

retienen prisionera

el alma de mis muertas alegrías!

Hoy como ayer, y de la noche oscura

bajo la inmensa nave,

en tono triste, quejumbroso y grave

brota doliente canto en la llanura;

y trae breve silencio, cual sonoro

trueno de burlas el cantar vecino,

en son de fiesta, alcaravanes pardos,

abierta el ala de purpúreos dardos,

rompen a carcajadas en su trino.

De pavura o dolor, el grave canto

y la seguida estrepitosa burla,

de crueldad casi humana,

hieren mi corazón, lo hieren tanto

que anheloso y de prisa me levando

a mirar si está sola la sabana.

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IX

¡A meditar no acude cual solía

dulce melancolía

en la tumba del sol! Es la tristeza

la que doliente se arrodilla y reza

cuando, para dormir, desmaya el día.

Ya las noches no son como eran ellas

propicias al amor. El cielo oscuro

a las almas no atrae. ¡Grietado muro,

por él se asoman pávidas estrellas!

Ya no brilla inclinada hacia el Oriente

la hermosa Cruz del Sur. Barre las hojas

la ráfaga bravía,

y siguiendo la negra lejanía,

serpean ligeras llamaradas rojas.

X

¡Es tiempo de que vuelvas!... ¡Sin mancilla

te aguarda el viejo amor! Viva te espera

del culto del hogar la fe sencilla.

¡Se fue la primavera!

Ruge amenazador trueno lejano

y de soles nublados, agorero,

la cenicienta garza del verano

tañe, al pasar su canto plañidero.

4 comentarios:

  1. Me encanta tu blog, esta repleto de poesía pura! esto me hace recordar los genuinos que son los poetas y escritores venezolanos ;)

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  2. Por cierto, feliz día del libro y del idioma...

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  3. Viendo el programa "Valores" por Vale TV. conducido por el desaparecido profesor Oscar Sambrano Urdaneta, recordé una clase de literatura en Bachillerato, en los años sesenta, por el profesor Anibalito, cuando nos hablaba del bardo Lazo Martí y me estimuló a leer cincuenta años después este magnifico poeta guariqueño. Nelson González Mota

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  4. ¿Alguien me puede decir 5 imagenes sensoriales que se encuentren en el poema?

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